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“AQUÍ QUERÉTARO”

  • Manuel Naredo

El próximo ocho de diciembre, tres distinguidos queretanos serán honrados al depositar sus restos, al menos simbólicamente, en el espacio que Querétaro tiene para sus hijos predilectos y que todos conocemos, a pesar de la costumbre de rebautizar a las cosas y los lugares, como el Panteón de los Queretanos Ilustres.

Uno de ellos será don Miguel Ruiz Moncada, protagonista indiscutible de la industria cinematográfica de la primera parte del siglo pasado, como productor, distribuidor y guionista, y a quien se le reconocerá merecidamente luego de una larga, intensa y amorosa lucha por dimensionar su memoria de parte de su nieta Reyna Ochoa.

Químico de profesión, inició su vida laboral en los ferrocarriles, pero luego, cuando vivió en Cuba, se convirtió en un incansable distribuidor de películas en toda la zona del Caribe, para después producir filmes y fundar, aquí en su tierra natal, la Compañía Cinematográfica Queretana, conocida como India.

“El Prisionero 13”, y sobre todo “La mancha de sangre”, cuyos argumentos escribió, fueron seguramente sus cintas más famosas y también más controvertidas, pues se toparon con la censura nacional, dado su contenido, a la altura de las corrientes cinematográficas que en el mundo empezaban a permear, pero que en México causaban escozor en los círculos del poder.

Otro reconocido será el Dr. Juan García Ramos, importantísimo investigador y uno de los científicos más destacados de la historia nacional, quien nació aquí para después graduarse como médico militar y alcanzar, tiempo más tarde, el doctorado en Ciencias con especialidad en Fisiología.

Fue el fundador del Laboratorio de Neurofisiología de la Escuela Superior de Medicina del Instituto Politécnico Nacional, institución a la que dedicó buena parte de su vida, fundamentalmente en el Centro de Investigación y de Estudios Avanzados, el Cinvestav.

Aunque su trabajo científico lo hizo emigrar de esta su tierra natal, conservó siempre su casa queretana en la colonia Niños Héroes. Recuerdo haberlo entrevistado ahí en alguna ocasión, hace ya casi tres décadas.

Y desde luego, también recibirá este reconocimiento el querido maestro José Guadalupe Ramírez Álvarez, personaje infaltable del siglo veinte queretano, quien fuera cronista del Estado, periodista fundador de esta casa editorial donde hoy escribo, notario, abogado destacado, historiador, y sobre todo maestro universitario.

Ramírez Álvarez entregó su vida a la Universidad de la que fue maestro de muchas generaciones y también Rector. A él se debe, entre otras cosas, que nuestra máxima casa de estudios goce de las instalaciones del Cerro de las Campanas.

Qué bueno que los tres tengan hoy esa significativa distinción, y que a través de ella podamos rendirles un sincero homenaje los queretanos todos, aunque sinceramente pienso que cada uno merecía su ceremonia individual, su propio tiempo para ser celebrados y recordados. Su marca de vida lo merecería también.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Pocos personajes, acaso ninguno, ha marcado tanto a mi generación como Fidel Castro Ruz.

Cuando el comandante Castro tomó la capital cubana, en 1959, yo apenas tenía un año de vida, así que no recuerdo, ni concibo, a la isla sin su presencia, su mano firme, su discurso largo, su uniforme militar.

Alrededor de las noticias por él generadas viví mi infancia y mi juventud, y aún tuve material de análisis ya entrado en años cuando Fidel seguía siendo Fidel con todo su poder.

A mí alrededor pude escuchar por décadas los más encontrados comentarios sobre su persona y sus acciones; desde la repulsa total hasta la admiración manifiesta, porque Castro era, y lo será siempre, un personaje que despierta pasiones.

Por eso, ni para mí ni para nadie de mi generación, podrá pasar desapercibida la muerte la noche del viernes pasado del dictador cubano. Su partida necesariamente nos trae reflexiones, análisis y recuerdos.

A mi mente llega, irremediable, la imagen de mi padre, frente a su radio de onda corta, escuchando atento un discurso de Fidel, trasmitido por Radio Habana Cuba. Es una imagen nítida, como si hubiese sido apenas ayer.