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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

El histórico Teatro de la República hace mucho tiempo que dejó de ser teatro, aunque cada vez es más de la República.

Del inusitado escándalo suscitado con la venta del inmueble, herencia de una de las más impresionantes benefactoras que han existido, doña Josefa Vergara, y de la compra que finalmente hará el Senado de la República, es personalmente eso lo que me preocupa: la cada vez mayor lejanía con su naturaleza, con el objeto de su creación, en aras de la sacralización del espacio.

Hace un lustro tuve la oportunidad de administrar el recinto por apenas un par de meses, en los que ocupé una pequeña oficina que el Teatro tiene en un segundo nivel, y recuerdo que esos momentos, mientras duraban, me llenaban de una curiosa tranquilidad –pocas cosas hay tan tranquilas como un teatro sin función-, acompañada de la emoción callada que te da estar a solas con un espacio repleto de historia.

Recuerdo que entonces las instrucciones superiores eran darle al longevo teatro algo que denominaban “dignidad”, pero pronto aprendí que esa palabra tenía distintos significados. Para mí no existe mayor dignidad que aceptar y dar lustre a las cosas con el objeto que fueron creadas; seleccionar, eso sí, lo que un teatro de tamaños antecedentes requería en cuanto a la calidad artística de lo que ahí podía presentarse. Para otros, la dignidad se traducía en actos oficiales, ceremonias de aniversario y hasta actos partidistas; es más, la música y las artes escénicas podían, por naturaleza, considerarse indignas de un inmueble como ése.

También recuerdo que hace ya muchos años, un gobernante –creo que era Mariano Palacios- decidió que el Teatro de la República retomara su naturaleza y fuera destinado a la presentación de manifestaciones artísticas de alto nivel, como sucede con prácticamente todos los recintos que con ese propósito se levantaron en la época porfirista a lo largo y ancho de la geografía nacional. La decisión duró lo que dura un sexenio.

Muchos elementos, además, fueron limitando el foro a ceremonias tradicionales: la eliminación del telar, la colocación de fina y brillante duela en el escenario, la transformación del ciclorama en intocable lista de nombres inscritos en dorado, la instalación de un palco privado al más puro estilo real, la colocación de butacas desde las que no puede verse el escenario desde el último nivel de palcos…

Y el teatro dejó de ser teatro para convertirse en recinto oficial.

Hoy, con la promesa de compra del Senado de la República parece reafirmarse esa vocación impuesta a base de la sacralización gubernamental, sobre todo cuando se anuncia que el queretano espacio se convertirá en museo.

Como la dignidad, la palabra museo también puede ser objeto de diversas interpretaciones. Para mí, un museo es un lugar donde pasan cosas, donde se muestran las manifestaciones culturales, donde el arte llega hasta los ciudadanos de a pie, donde la creación artística puede transformar vidas. Para los senadores, quizá –y sólo estoy suponiendo- puede ser un espacio intocable y silencioso donde se respire historia, donde nada pueda tocarse ante la posibilidad de desgaste, donde el teatro, y lo que significa como tal, sólo sea un dato en la cédula correspondiente: “Aquí solía haber representaciones teatrales, conciertos, presentaciones dancísticas… Hoy se preserva límpido y puro, con la sola esencia de quienes hicieron posible la carta que también permanece incólume tras cien años de vigor”.

Sí, nuestro Teatro de la República cada vez será menos teatro y más de la República.