imagotipo

Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Don José María Sotelo seguramente nunca imaginó que aquella idea que puso en práctica cuando el siglo diecinueve aún era joven, se convertiría en la más añeja tradición decembrina de los queretanos. La ocurrencia, allá por 1826, fue la de sacar desde su casa, en algún carretón tirado por mulas, el nacimiento viviente, para llevarlo a recorrer algunas cuantas calles del entorno, en los alrededores de la llamada Plaza de Arriba.

Aquel recorrido se fue haciendo, conforme los años pasaron, cada vez más fuerte, más grande y más largo, siempre saliendo de la calle que hoy conocemos como Pasteur, y recreando diversos pasajes comprendidos en las escrituras bíblicas. Todo para celebrar, la noche misma del veinticuatro de diciembre, el nacimiento de Jesús de Nazaret.

En un principio iluminados por hachones, y jalados por animales, aquellos carretones traídos desde las haciendas cercanas a la ciudad, servían de pretexto para hacer público el regocijo de los queretanos, que esa misma noche, pero en la tranquilidad de sus casas, cenaban para celebrar el acontecimiento católico.

Y así, con el paso del tiempo, los carros bíblicos se hicieron tradición. Se construyeron ex profeso para el acontecimiento anual; los hachones fueron transformados, con la llegada de luz eléctrica, en bombillas, y las mulas se trocaron por tractores. Un año tras otro, hasta completar ya casi doscientos.

A la tradición se fueron sumando otras: el recorrido del llamado Carro de las Posadas, que desde la noche del dieciséis anuncia la llegada de la Navidad, o la famosa Cabalgata, que empezó como tal y se convirtió también en un recorrido de templetes con los más diversos motivos, la noche anterior al recorrido de los carros bíblicos.

Pese a que estos carros que recorren las céntricas calles de Querétaro la Noche Buena son siempre prácticamente los mismos, este año llevarán una carga de nostalgia adicional, pues será la primera ocasión que lo hagan tras el deceso de quien, por muchos años, los preparara con amoroso esfuerzo y compromiso: don Luis Olvera Montaño.

Don Luis solía ensayar las interpretaciones musicales de los niños participantes con semanas de antelación y era parte misma, esencial y notoria, de los famosos Carros Bíblicos, que este año no contaron con su habitual oficio y rigor.

Pero la tradición sigue necesariamente, como siguió con la desaparición de don José María Sotelo, su creador, aunque para muchos contarán este año con esa carga adicional de la nostalgia que provoca la ausencia.

El Carro de las Posadas ya recorre las calles de la ciudad desde el viernes pasado, la Cabalgata volverá a reunir a los queretanos de cepa con su habitual curiosidad, y los Carros Bíblicos congregarán de nueva cuenta a una queretanidad dispuesta a perpetuar sus costumbres.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Apenas a los cuarenta años, Luis Alberto Arellano murió el pasado jueves, luego de permanecer hospitalizado una larga semana.

Su obra poética, de las más importantes de los autores queretanos contemporáneos, quedará para la posteridad, pero nos faltará su voz crítica, su comentario preciso e irónico, su mirada inquisidora.

Es una gran pérdida.