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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Aquella mañana llegué temprano a las instalaciones de Televisa, en San Ángel. Había tomado el Metro hasta la estación Barranca del Muerto, y desde ahí había caminado, nervioso y expectante, por la banqueta poniente del Periférico, apenas después de cruzar alguna poco transitada calle de la zona.

Ahí me encontré con Héctor Bonilla, a quien acompañé a desayunar a la cafetería, repleta de caras conocidas a fuerza de verlas por la pantalla chica. Luego fuimos a una bodega de vestuario donde me entregaron un uniforme completo de piloto aviador, y después encaminó mis pasos hasta un camerino donde me esperaba una canasta repleta de fruta fresca que no probé.

No podía hacerlo. Apenas tenía espacio para pensar en lo que vendría, luego de una larga noche de insomnio en un más que modesto hotelito del centro, tratando inútilmente de memorizar un libreto apenas recibido la tarde anterior. Una noche en que, a fuerza de repetir textos, espanté sueños físicos para atraer a los otros, a los que se cocinan a base de recurrencia necia mientras se está despierto.

Estaba ante la más trascendente oportunidad de iniciar el camino deseado, representando un pequeño texto cómico de Germán Dehesa, con el propio Bonilla y su esposa Sofía Álvarez, para el programa dominical de Ricardo Rocha, Para Gente Grande; y ahí, en el hotel primero y en el camerino con fruta después, me sentía como un aspirante a torero en el callejón que desemboca a la puerta de cuadrillas de la Plaza México.

Ya en el foro de grabación, escuché de refilón a Bonilla cuando le advirtió a ese extraño personaje que era la comisaria del sindicato de la ANDA que los tres actores cobrábamos lo mismo. La mujer, con la figura y la actitud propia de una representante sindical de viejo cuño, se encogió de hombros y apenas asintió con la cabeza, sin detenerse mucho a pensar porqué una celebridad de los foros y los escenarios, en plena cúspide de fama, se ponía a pensar en el mejor salario para un perfecto desconocido que arrugaba entre las manos sudorosas un libreto.

Mis nervios se acrecentaron cuando el encargado de sonido sentenció que sólo había dos “chícharos” para recibir los textos. Uno sería para el Capitán Volován, que era Bonilla, y otro para la aeromoza, representada por Sofía; el copiloto, enfundado ya en el uniforme y con la gorra hasta las cejas, tendría que recurrir a una memoria que parecía más endeble que nunca.

Cinco, cuatro, tres, dooos… Y grabamos. La aeronave, representada por una fina escenografía donde podía verse un tablero de mandos completo, según la ficción de la historia, se venía abajo, y en plena crisis, el capitán, al más puro estilo nacional, sacaba un chicle de la boca y lo instalaba entre unos botones, para lograr con ello solucionar el problema mecánico del artefacto.

Tras la grabación, fuimos hasta la cabina para que Bonilla revisara el material y diera el visto bueno final. Ahí sus carcajadas hicieron pronto eco entre los técnicos presentes. Héctor reía de buena gana por la cara de espanto del copiloto ante la inminente caída de la aeronave, supongo que a sabiendas que mi rostro no era producto de un mediano trabajo actoral, sino el resultado del terror que provoca no saberse el texto en la más importante oportunidad profesional de tu vida.

Aquella grabación jamás salió al aire. A los pocos días, Germán Dehesa, el escritor de los textos no del todo aprendidos, se peleó abiertamente con la empresa televisiva y retiró cualquier posibilidad de que su obra pudiera ser utilizada. Bonilla continuó protagonizando telenovelas y puestas en escena, y yo me regresé por la banqueta poniente del Periférico hasta Querétaro.

Algunas semanas después de la experiencia, en la ventanilla de la ANDA cobré mi sustancioso sueldo, aquel que me dio una prueba más de la solidaridad y bonhomía del ser humano sensible que era, que es, Héctor Bonilla.

Me acordé de aquel episodio de mi vida, escondido entre los pliegues de la memoria, cuando la otra tarde asistí al cine a ver la película Un Padre no tan Padre, por él protagonizada. Han pasado tres décadas desde entonces. Ha pasado una vida desde entonces.

Acotación al margen

No hace muchas semanas le platicaba aquí mismo, estimado lector, la noticia que me había dado el Instituto Mejores Gobernantes en el sentido de haber obtenido la presea “Tlatuani” como servidor público ejemplar. Le contaba cómo funcionaba esta organización, algunos ejemplos de ganadores y el detalle económico que conllevaba recibir el premio en la Ciudad de México: la nada despreciable suma de diecinueve mil ochocientos pesos.

Pues ahora resulta que he sido informado por la misma agrupación, a través de un correo electrónico, que he sido considerado para obtener el reconocimiento Maya 2017, una escultura igual de fea que el “Tlatoani”, que será entregada en Madrid, España, a fines de este mes de enero.

Otro pequeño detalle conlleva la distinción, ahora internacional: el pago de mil novecientos cincuenta euros para asistir a la ceremonia de entrega y  tres noches de hotel.

Creo que justo ese día tengo un compromiso aquí. Me ahorraré el viaje, el desembolso y la vergüenza.