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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Aquel verano acababa de cumplir veintidós años y de culminar una carrera profesional. Había logrado ahorrar algunos de los pesos de entonces, que había cambiado por las hoy inexistentes pesetas, y me había lanzado a la aventura, largamente deseada, de conocer la tierra de mis padres.

Llegué primero a un caluroso Madrid para hospedarme en un hotelito de curiosos acabados y, me temo, mala reputación, en la calle Barbieri, a unos cuantos metros de la famosa Gran Vía, a la altura de aquel bar al que le cantara Agustín Lara en su popular chotis dedicado a la capital española: Chicote.

Y Madrid se me metió en el alma desde aquellos largos días con el sol presente hasta más allá de las ocho, y sus noches calurosas y bullangueras, donde nunca parecía acabar la fiesta; con sus calles oliendo a embutido, sus bares inacabables, sus recovecos cargados de historia, y hasta sus cabinas de la Telefónica, que ahí, donde había sido hasta ese mismo año la Avenida José Antonio, me ofrecían la única oportunidad de comunicación con casa, en tiempos en que los celulares no moraban más que en la imaginación de los investigadores tecnológicos.

Ahí, con esa descomposición corporal a la que obliga el cambio de horario, descubrí una cafetería: la Nebraska, a la que siempre llegaba a destiempo, queriendo desayunar a las doce del día, o comer a las seis de la tarde, prácticas éstas totalmente incomprensibles para los españoles. Los meseros, secos como suelen ser los madrileños, apenas me miraban con sorpresa, aderezada de indignación, cuando pedía un inusual plato de huevos fritos, para esperarlos mientras miraba a uno de los empleados, tras la tradicional barra, consumir de un jalón un vaso entero de agua helada, que volvía a llenar, una y otra vez, para meterlo al refrigerador –la nevera, más propiamente dicho ahí-, sin hartazgo ni cansancio aparentes.

Por entonces no imaginaba siquiera que aquella cafetería-bar –en España todo tiene que tener bar, a riesgo de no existir-, representaba el esfuerzo de cuatro hermanos asturianos, que azuzados por uno de ellos, Juan Ramón Blanco Sierra, se habían involucrado en ese negocio en la mismísima capital española, con tal suerte que más pronto que tarde, contaron con cuatro establecimientos. Y al de la Gran Vía, a la que los madrileños seguían nombrando José Antonio a fuerza de costumbre, llegaba yo todos los días con mi acostumbrada desubicación horaria a almorzar al estilo mexicano y admirar las prácticas veraniegas de aquel consumidor insaciable de agua helada.

De mi inolvidable encuentro con Madrid guardo entrañables recuerdos. Eran tiempos en que aún circulaban las pesetas y los dependientes de tiendas podían darte los precios en duros, se dejaban ver guardias civiles custodiando las terrazas veraniegas, Franco iba a cumplir apenas un lustro de muerto, faltaban algunos meses para que Antonio Tejero asaltara, a punta de pistola, el Congreso de los Diputados, y el destape ibérico lucía sus más descarados e intensos momentos.

Mis queretanos ojos se abrían emocionados con las obras del Museo del Prado, con la imponencia del Palacio Real, con el multitudinario ambiente de la Puerta del Sol, con la sobriedad de la Plaza Mayor, y con el tamaño de los toros que podían apreciarse, desde el museo taurino, en los corrales de la Plaza de Las Ventas. También se fijaban, aunque con rubor o recelo, en las gitanas que podían sacarte la cartera sin que te enteraras en la Plaza de Santa Ana, los hippies trasnochados que se asoleaban con la mínima ropa en la Plaza de España, los mozalbetes que se inyectaban en algún rincón de la Plaza de Oriente, o las innumerables prostitutas que ofrecían sus servicios sin recato en la calle Montera.

Y entre todo aquel Madrid que me llenaba la vista, la emoción y el susto aquel año en que conocí los nuevos mundos anhelados, siempre encontré en la cafetería Nebraska, en el corazón de la Gran Vía, aquel momento, un tanto anómalo, de paz. Ahí, frente a un plato de huevos con jamón, mientras miraba tras los ventanales el trajín cotidiano de media mañana de los madrileños, fui feliz.

Me entero hoy, no sin nostalgia y tristeza, que el Nebraska cerrará sus puertas tras sesenta años de historia, perdida la batalla con el mundo de la inversión inmobiliaria a cambio de varios millones de euros. “Señores clientes”, reza un letrero colocado en su entrada, “Nebraska cierra sus puertas. Disculpen las molestias”.  Y yo añadiría: Y disculpen también el no poder ofrecerles más la ilusión de volver.

ACOTACIÓN AL MARGEN

La sicosis vivida en Querétaro hace algunos días –concretamente el cinco de enero pasado- en relación a la infundada noticia de que se presentaban saqueos, con disparos incluidos, vuelve a demostrar que este fenómeno no es cuestión de tiempos y ausencia de información, sino de la naturaleza humana.

Como si viviéramos en pleno siglo diecinueve, los queretanos nos asustamos y corrimos versiones infundadas de manera incomprensible. Las redes sociales, que uno pensaría ayudan en estos tiempos que corren a propagar hechos verídicos que pretenden ocultarse, resultaron las más eficaces difusoras de la mentira.

Así, la jornada del cinco de enero del 2017 pasará a los anales de la historia local por extraña, por inentendible, por asombrosa.