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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Del templo y convento grande de San Francisco, corazón neurálgico de la ciudad que nacía, partía la Calle Real hacia el poniente, como una flecha recta de inicio y fin del destino de un espacio donde la convivencia arquitectónica de naturales y recién llegados sería reconocida, siglos después, como Patrimonio Mundial.

Aquella Calle Real se convirtió con el tiempo, y creo que con el preámbulo de algún otro nombre que ya no le tocó a mi generación, en la calle Madero, la más comercial e importante del Querétaro del siglo veinte. Esa que conocí de niño, de la mano de mi madre, plagada de tiendas y de acontecimientos.

Por ella cada año marchaban los estudiantes de entonces en los desfiles tradicionales; por ella se podía circular, insistente, en vehículo, cuando la gasolina tenía otro precio y esa era la forma de atisbar a la distancia a las jovencitas de la época.

Desde La Ciudad de México, el prestigiado establecimiento del señor Proal que contó con el primer, y por muchos años único, elevador de la ciudad, hasta la Calzada, recientemente ensanchada y llamada así en recuerdo de aquel nombre que la identificó por años: la Calzada de Belén, la calle Madero también fue escenario de marchas y manifestaciones que llegaban hasta el número 70, inmueble que por tanto tiempo fue la casa del Poder ejecutivo del Estado.

Y en medio lo mismo La Marquesa, que era bar nocturno frente al templo de San José de Gracia, que La Infantil, una prestigiada tienda de ropa, o la zona militar en lo que fuera hotel y acabaría por convertirse en Presidencia Municipal.

En la contra esquina del Jardín Guerrero, la farmacia veterinaria del doctor Navarrete, frente a Santa Clara la tienda de perfumes Jacarandas, el Pasaje de La Llata en los bajos de lo que había sido casino, enfrente el tradicional Hotel Hidalgo, donde dicen que llegaban, en tiempos idos, las diligencias de la capital, y casi llegando a La Calzada, la zapatería del señor Flores, el padre de Anita Rabell, especializada en botas.

Por ahí también se descubría la eterna papelería del Sagrado Corazón, los templos de San Felipe Neri y de Santa Clara, la farmacia El Fénix, la infaltable tienda Franco Muñoz, el consultorio de un famoso médico que se distinguía por su buen corazón y el bajo precio de sus honorarios, y buena cantidad de casonas de las que hoy, por desgracia, sólo queda el cascarón.

Y frente al Zenea, entonces Obregón, donde otrora existieran espléndidas capillas demolidas en épocas de reformas, el imponente Gran Hotel, la mueblería La Española de los hermanos Estévez y una tradicional tienda fotográfica en tiempos donde todavía se acostumbraba revelar los rollos Kodak.

Hoy, en una indefinición un tanto extraña, la calle de Madero, la antigua Calle Real, se está convirtiendo en semi peatonal en sus primeros tramos, transformándose como la ciudad misma, pero aún nos queda el recuerdo de aquella, entrañable, que conocimos siendo niños.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Pocas veces la vida nos da la oportunidad de redescubrirnos por nuestro mejor lado. Ese que no aparece en tiempos gratos; el que duerme en las profundidades del alma, mientras nos da por la rijosidad vana, la vanagloria y la ostentación.

Pocas veces tenemos la ocasión, como hoy, de revalorizarnos ante la adversidad y mostrar la más brillante de nuestras personalidades. Acaso un temblor, alguna desgracia masiva… Acaso, como es el caso, un tipejo apellidado Trump.