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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

“La ortografía la hizo algún infame para joder a los niños”.

No lo digo yo, lo dice, como seguramente usted bien sabe, Gloria Trevi en uno de los varios tuits dedicados, a principios de año, a desdeñar el uso de las reglas ortográficas, aduciendo que “el mundo evoluciona”.

La controvertida cantante se disparó en las redes con la crítica a la gramática española después de cometer algún error como el de escribir “naranga” en vez de “naranja”, y llegó al extremo de sentenciar ante sus detractores cibernéticos “Siento que hablo con los que votaron por Donald Trump”. Es decir, que los puristas de la lengua son, a juicio de la intérprete de “Pelo suelto”, una especie de retrógrados racistas.

El simbólico ejemplo aducido por la famosa cantante es el de la “u” en la palabra “queso”, que suena como “k” y a su juicio resulta totalmente inútil.

Los defensores de la Trevi, que no faltaron en estos mundos dominados por las redes sociales, de inmediato la compararon con Gabriel García Márquez y aquella su controvertida intervención, en Zacatecas, durante el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española, en 1997.

En aquella oportunidad, ante la atónita mirada de los más importantes académicos de la lengua española, el Nobel de Literatura aseguró que había que jubilar a la ortografía, a la que calificó como “terror del ser humano desde la cuna”. Dijo Gabo también que nadie iba a confundir “revólver” con “revolver”, y que la contribución de esta generación no debería ser el meter a la lengua en cintura, sino liberarla de sus fierros formativos.

“Entre la b de burro y la v de vaca que nos trajeron nuestros abuelos españoles”, sentenció entonces el autor de Cien años de soledad,  “como si fueran dos y siempre nos sobra una”.

A decir de los hechos que todos los días descubrimos en Facebook, Twitter o WhatsApp, García Márquez fue un adelantado a su tiempo, aunque seguramente también él se asombraría ante la libertad con la que sus usuarios tratan a la palabra escrita y la dolorosa demolición que se lleva a cabo de las reglas más elementales de una lengua tan bella como perfecta.

Particularmente a mí me seduce el fonema “qu” en la palabra “queso”, como el acento en “revólver” para identificar un arma, y su ausencia en “icono”, por más que aparentemente todos se empeñen en lo contrario. Particularmente desconfío profundamente de quien escribe “aún costado” para identificar lo que está a un lado, tan sólo por mencionar un ejemplo de los muchísimos que nos encontramos a diario, lo mismo en las redes sociales que en impresos de todo tipo.

Y pienso que la ortografía, más allá de joder a los niños y a algunas cantantes populares, enaltece nuestra lengua.