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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Han pasado ya muchos años desde que descubrí, desde parte de sus entrañas, ese curioso rito patriótico y generalizado a nivel nacional que llamamos “Grito”.

Lo recuerdo, no sólo por aquella sensación de estar en una fecha especial al interior del histórico recinto que fuera casa del Corregidor Domínguez y su esposa –por entonces aún no era el Palacio de Gobierno, sino el Municipal-, sino por la aparición, cruzando el patio principal del inmueble, de una actriz por entonces joven y famosa, Blanca Sánchez, del brazo de un Jorge Urquiza James enfundado en un elegantísimo traje de charro negro.

Aquella noche del quince de septiembre, en la que era gobernador Antonio Calzada, descubrí la importancia que los mexicanos todos, y los gobernantes especialmente, le dan a ese rito anual en el que se vitorea a los héroes de la independencia y a la patria, y que da pie al festejo popular, por un lado, y a la celebración privada de los más cercanos al poder, por el otro.

Dicen que fue don Porfirio Díaz el que lo instituyó, justo la noche anterior a la fecha del inicio de la gesta independentista, porque quería complementar la celebración de su cumpleaños, y desde entonces se vitorea desde los balcones y se brinda después al interior de las habitaciones de los palacios.

La del Grito es una ceremonia muy nacional y significativa para los mexicanos, aunque no deje de ser un pregón al viento que no cambia en nada los hechos de las acciones gubernamentales del resto del año; una ceremonia que se repite, con modificaciones mínimas, cada doce meses, en un rito fijado, desde don Porfirio, a base de insistente repetición.

Y el Grito es también, de alguna manera, un reflejo fiel de la sociedad mexicana, con su fiesta popular en las calles y la cena con vino fino en los interiores; una organización que se repite en las entidades federativas, en los municipios, en las delegaciones, en los pueblos, en las colonias, en las asociaciones, en los clubes, en las agrupaciones… Todos con la misma intención de recordar a gritos a los personajes que nos dieron libertad, y también a los que puedan sumarse con dudosos merecimientos, ingresados por esa pequeña grieta que, para beneficio de la variedad, deja abierta la costumbre.

Supongo que para los extranjeros será muy extraño ver a los mexicanos a la espera del Grito de sus gobernantes, como si se tratara de algo distinto a lo acontecido el año pasado, y el antepasado, y todos los anteriores. Supongo que les causarán intriga las razones por las que todo un pueblo se vuelve por esa noche patriota y grita vivas a todo pulmón ante la arenga de su gobernante, al que quizá silbó apenas minutos atrás.

El Grito, a más de un siglo de su construcción, sigue siendo el mismo para los gobernantes del país, no sólo en su forma, sino en su fondo: Una prueba masiva de popularidad, el pretexto ideal para el festejo y el gasto, la oportunidad de probar la mejor voz histriónica, y sobre todo,  la ocasión para la celebración personal, al más puro estilo de don Porfirio en su cumpleaños.