imagotipo

Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Aquella mañana del 26 de febrero, cuando un tímido sol del benigno invierno queretano se colaba apenas por la ventana, se quedó, sin prisas y sin angustias, dormida para siempre.

Si una palabra pudiera marcar la existencia de María, ésa sería la de sacrificio. Un sacrificio callado que la acompañó desde su infancia hasta el fatal desenlace, cuando el Alzheimer había cruelmente minado su mente y su cuerpo.

De niña, entre el verde intenso que rodeaba su aldea natal, fue pastora y campesina; cuidó cabras, ordeñó vacas, cargó leña para el fuego de la cocina, limpió la boñiga del establo, cegó la hierba de los prados y recolectó castañas y avellanas en las tierras familiares. Luego, cuando la adolescencia apenas había tocado a su puerta, le llegó, como a todos, la guerra; una guerra que la llenó de miedo y que le arrebató a un hermano para siempre.

A ese sacrificio cotidiano se le sumarían, sin remedio, otros: el de la necesidad apremiante de la postguerra y el del duro exilio en busca de mejores condiciones de vida. Un exilio que se volvería eterno y que le impediría volver a ver a sus hermanas, abrigarse de nuevo en su casa familiar, y mirar aquel verde que todo lo inundaba de pequeña.

Imagino a María desembarcando en Cuba y luego volando hasta Mérida. La imagino llegando a Xalapa, luego a la ya abrumadora Ciudad de México, y más tarde a una ciudad de la que apenas habría escuchado referencias y cuyo nombre ni siquiera estaba segura de pronunciar bien: Querétaro. Imagino ese su sacrifico como trabajadora doméstica en la casa de alguna familia de paisanos que habían logrado “hacer la América”, como recuerdo el de todos los días alimentado gallinas, preparando la comida familiar y recogiendo el huevo para el sustento cotidiano.

Puedo recordar aquellos sus ojos color avellana descubriendo lo desconocido y leyendo, de vez en vez, las cartas que llegaban del otro lado del mar; aquella su sonrisa mientras ofrecía el café vespertino a los paisanos que se congregaban en su casa para echar a vuelo la nostalgia de la tierra natal lejana; aquella su intensa lucha sin reparos por ganarse la vida. E imagino las lágrimas que siempre ocultó, las añoranzas que poco mostró, los recuerdos que atesoró para siempre.

Después de esa sacrificada vida, vendrían los últimos, largos y tristes, años matizados por el Alzheimer, ése que la llevó, de a poco, a la mirada sin brillo, al silencio eterno, a perderse irremediablemente en la nada.

María, que no era otra que mi madre, nunca supo la fecha de su nacimiento. Por más que resulte inimaginable, en aquellos tiempos y aquellos entornos de su llegada al mundo, nadie miró el calendario. Así que nunca pudimos festejarle su cumpleaños.

Pero una fecha, la del 26 de febrero, vino a fijarse para siempre en quienes la quisimos y admiramos. Esa fecha en la que un tímido sol fue el único testigo de que a tantos olvidos, María había sumado uno más: el de respirar.

Por eso usted disculpará, estimado lector, que hoy, 26 de febrero, no tenga cabeza, ni gusto, ni intención, de hablar de otra cosa más que de aquel ser humano entrañable que me dio la vida: María.