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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Irremediablemente, cuando uno se pone a recordar sitios, personajes y costumbres de antaño, se desata un alud de momentos vividos, que escondidos en algún rincón de la memoria, salen de nuevo a la luz, esplendorosos y radiantes.

Así, tras las dos baterías de preguntas que aquí formulé en las dos anteriores colaboraciones y que pretendían ser un test sobre queretanidad, aunque lo eran también, acaso con mayor precisión, de edad, vinieron a mi cabeza personajes entrañables del Querétaro de mi niñez. Algunos no tan conocidos, pero todos causantes de una marca que se quedó en mi alma infantil para siempre.

Uno fue, sin duda, Miguel, el árabe; aquel personaje que mataron de un balazo en la mismísima Flor de Querétaro, en el edificio llamado Zenea, en presencia de varios testigos y con vista al entonces llamado Jardín Obregón. Era Miguel un hombre afable, cortés de trato, que despachaba personalmente en su establecimiento de frente al Teatro de la República, justo donde dicen que un día estuvo instalada la cantina El Puerto de Mazatlán, donde se asegura se dieron los más provechosos acuerdos entre los constituyentes de 1916 y 1917.

Recuerdo haber acompañado varias veces, en los primeros años de los sesenta, a mi madre a comprar tela a aquella añeja tienda, y como si fuera hoy, miro en mi interior a Miguel, tras el mostrador, atendiendo con diligencia a los clientes.

Otro personaje entrañable de aquel entonces era Matías, el dueño previo, precisamente, de La Flor de Querétaro. Andaluz de excelente trato, gran aficionado a los toros y propietario de un Mercedes negro que estacionaba en batería frente al entonces jardín público más socorrido de la ciudad; ese  mismo que un día volvieron a cambiarle el nombre por el de Zenea.

Migrante en pos de una mejor vida, Matías había vivido algunos años en Estados Unidos, y en mi mente infantil, así como las pelotitas de goma que al interior de una caja vacía de puros me regalaba, se quedó también una anécdota que él gustaba de recordar: Cuando finalmente cruzó la frontera estadounidense hacia México, desesperado como estaba de ayuno taurino, no esperó un minuto en comprar en taquilla los boletos que le anunciaban la primera corrida, suponiendo y anhelando que se trataba de toros; su disgusto fue mayúsculo cuando comprobó, con la fuerza de una realidad nacional inesperada, que se trataban de un pase para abordar un autobús.

Al que recuerdo apenas es al japonés propietario del Café Tokio, en la calle de 5 de Mayo, subiendo desde Corregidora y librando el Cine Plaza. Era un hombre delgado y profundamente trabajador; fiel representante del carácter luchón de su pueblo. Salía él mismo del establecimiento para apoyar la carga de las cajas de huevo que mi padre le vendía, y acabó un día por regresar a su tierra para siempre.

Moretti fue también otro personaje especial de mi infancia. Era un italiano (¿o sería sudamericano?) que se hizo cargo por algunos años del Hotel del Marqués, allá en las colindancias con el Puente Grande de nuestro río, y que desde la cocina de ese entonces prestigiado lugar de reposo, daba rienda suelta a su capacidad culinaria, preparando con éxito los platillos más recomendables.

Personajes todos entrañables, apenas una muestra del Querétaro de entonces, que sacan la cabeza hoy de entre los pliegues de una memoria donde han estado escondidos por medio siglo.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Los tiempos que corren, marcados por lo ruin de las conductas públicas, me han llevado a entresacar algunas frases buscadas para la ocasión. Frases que tienen que ver con eso que llaman política y sus prácticas.

Frases como aquella de Aldos Huxler, el escritor y filósofo inglés de la primera mitad del siglo veinte, que decía que “cuantos más siniestros son los deseos de un político, más pomposa, en general, se vuelve la nobleza de su lenguaje”.

O aquella, insubstituible, del poeta Antonio Machado, víctima del fascismo, quien aseguró un día que “en política sólo triunfa quien pone la vela donde sopla el aire, jamás quien pretende que sople el aire donde pone la vela”.

Y el tiempo acaba siempre por darles la razón.