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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Son españolas, cuatro, y han dejado clara su presencia, su paso, por nuestro territorio.

Y aunque los medios de comunicación coinciden en sus abundantes medidas, no se han puesto de acuerdo en su peso, acaso por aquello de que el pudor en ese sentido, como en la edad, es algo sabido entre las féminas.

Su lento recorrido por tierra inició en el tamaulipeco puerto de Altamira, y pretenden llegar, con un acompasado paso de cuatro kilómetros por hora, hasta la refinería de Tula, en Hidalgo, pasando por Tamaulipas, San Luis Potosí, y este Querétaro nuestro donde les pidieron más papeles migratorios.

Apenas cruzaron la frontera y llegaron a las inmediaciones de Santa Rosa Jáuregui, fueron detenidas por cinco días, justo en El Pintillo, hasta que consiguieron una visa oficial y garantizaron, con una fianza millonaria, los muchos daños que dejan a su lento paso.

Como si se tratara de una película de ficción, las robustas españolas han ocasionado en quince días de camino queretano, una significativa cantidad de guarniciones demolidas en las carreteras estatales 100, 120, 200 y 500, múltiples señalizaciones derribadas y algún número de alcantarillas rotas. Dicen quienes de ellas y su peregrinar saben un poco más, que a su paso se levantan puentes completos, para luego volverse a colocar, y que en San Juan del Río hasta tuvieron que cortar la energía eléctrica para su buen andar.

Son cuatro, rozagantes y monumentales, calderas gigantes, a quienes los más técnicos llaman “tambores de coque”, y cuyas medidas han sido reseñadas con ochenta y dos metros de largo (83 con zapatos), once metros de cintura, y trece de altura (sin sombrero). El peso, como decía, es otro asunto: unos dicen que pesan, cada una, 500 toneladas, pero otros, quizá más sinceros, hablan de setecientas.

Discretas como son, suelen trasladarse de noche, y ya hasta la mismísima autopista México-Querétaro resintió su deambular, colocando en ella la Policía Federal, todo un carril de contraflujo, para malestar de los muchos usuarios de esa primara vía nacional.

Tras la odisea por nuestro Estado, que acaba apenas de concluir, nos han dado una sorpresa: en dos meses vendrán otras compañeritas de las calderas, cuatro también y ahora acompañadas de dos torres fraccionadoras; por ello, no se reparan aún las guarniciones en carreteras estatales, previniendo su futura afectación.

No sé si esto pase en otras partes del mundo. Acaso sí. Lo que sí es evidente es que el paso de las españolas calderas gigantes por Querétaro podrá ser un buen cuento para dormir a los nietos.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Le hablaba la semana anterior de algunos de los personajes más entrañables de mi niñez, y me refería apenas a ese cocinero italiano, Moretti, que en Hotel del Marqués hizo historia.

Me escribe Araceli Ardón para contarme un poco más de este personaje con el que le tocó convivir en el famoso Polainas (otro espacio queretanísimo ya desaparecido). Moretti se llamaba Venerio y lo había obligado la guerra a embarcarse como polizón en un barco con el que llegó a Veracruz. Solía asistir diario al Cine Plaza, a la función de las cuatro de la tarde, para tomar ahí su siesta cotidiana, y compraba pedacitos de la Lotería con la esperanza de ganársela y regresar a su tierra añorada. Cuando murió, el aviso provocó en su esposa una alteración que la hizo salir corriendo de su casa, en Lomas de Casa Blanca, para ser atropellada en la calle. Aquel día, sus hijos velaron a ambos.

Como bien dice Araceli, “la realidad es más inverosímil que la literatura”.