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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

La batalla se ha perdido, o si acaso no, está a punto de perderse. El romanticismo por la tradicional tiendita, por la miscelánea de antaño, es cada vez menos material y más etéreo; menos esperanzador y posible. Hoy, como nunca, los Oxxos y los Super Q se han convertido en gigantes invencibles ante la fragilidad de los comercios que otrora nos facilitaban los días.

Ya casi es imposible detener el paso ante la puerta de una miscelánea para tomarse un refresco recién salido del refrigerador repleto de hielos. Mucho más lo es degustar una Chaparrita de mandarina o un Jarrito de grosella. Ya nunca, como ayer, podrá descubrirse tras un mostrador de madera a la marchanta para depositar en sus manos las monedas de pago, y recibir el cambio de rigor.

Hoy todo, o casi todo, puede hacerse en un Oxxo: Comprar lo necesario, pagar los servicios, depositar a tarjetas… Hasta comprar boletos de autobús, o cafés de sabores y pan blanco. Hoy los Oxxos, y los Super Q, todos idénticos y estratégicamente situados, forman parte esencial de la vida cotidiana, y las tienditas que sobreviven representan apenas pequeñas y agobiadas muestras de lo que fuimos.

Aquí y allá, en cualquier esquina, nace todos los días un nuevo Oxxo. Substituye lo mismo a tiendas de tela que a librerías, y convierten los particulares espacios en otros casi idénticos a sus símiles, generalizándolos, quitándoles su personal identidad.

Querétaro no escapa, por supuesto, a esta moda impuesta a base de dinero y  de conveniencia –de hecho así les dicen: tiendas de conveniencia-; y los Oxxos aparecen lo mismo junto al Estadio Municipal que en donde hiciera presencia la Librería de Cristal; en el interior del Tec de Monterrey, que en la mismísima y tradicional tienda La Villa de Paris.

En todos los mismos productos, la misma distribución, idéntica forma de operación. En todas ese carácter práctico que les ha dado éxito y una reproducción sistemática y acelerada.

En las próximas semanas abrirán un nuevo Oxxo, ahora en la esquina de Guerrero y Pino Suárez, frente a la bella cruz atrial de Santo Domingo. Uno más que ofrecerá exactamente lo mismo de los que se ubican a escasa calle y media en dos diferentes sentidos.

La batalla pues está perdida, o casi.

Yo por ejemplo, aún no entro al Oxxo contra esquina de la Academia, ahí donde las telas de la Villa de Paris se mostraban a los posibles compradores, en un acto de trasnochado romanticismo que, seguramente, no conduce a nada. También suelo escoger a la tiendita de la vuelta, así sea más cara, en una inútil práctica de resistencia civil.

La batalla, como digo, está perdida, pero ésta no acaba hasta que se tira la última bala.

ACOTACIÓN AL MARGEN

También recuerdo, ¿cómo no?, cuando en días como el de ayer podían echarte una cubetada de agua con la mayor impunidad. Cuando los alrededores de la fuente de San Francisquito, ahí en la Avenida de las Artes, se convertían en frente de batalla acuática.

Eran otros tiempos. Hoy eso equivaldría a multa.