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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Todavía era muy joven la década de los sesenta, del ya pasado siglo veinte, cuando hasta Querétaro llegó la televisión a color. Pero aquella primera versión del color televisivo era más bien un espejismo, uno de esos productos que dicen ser lo que en realidad no son del todo.

Por entonces, en nuestra virreinal ciudad sólo podían descubrirse dos canales de televisión, que desde las antenas repetidoras del cerro del Zamorano nos permitían apreciar la programación del canal 2 y del 5. Tiempo después vendría otra opción, muy queretana: el Canal 9, con un estudio que se ubicaría en Zaragoza 15 poniente, y cuya antena coronaría el mismísimo cerro del Cimatario.

Los televisores de entonces eran una maravilla tecnológica de bulbos que tardaban largos segundos en prender totalmente, y que mantenían una lucecita, cada vez más pequeña, en el centro de la pantalla una vez que se apagaban.

Aquellos aparatos servían también para mantener activo el cuerpo de los usuarios, pues había que levantarse del asiento cada vez que se deseaba cambiar de canal para darle vuelta a las manijas, de golpe en golpe, hasta llegar al número deseado. Y ahí mismo, en los controles junto a la pantalla, otro botón obligaba a ejercitar la paciencia mientras se trataba de detener la imagen, que entre franjas negras, daba vueltas insistente e inevitablemente.

Con esas circunstancias, con aquella distracción moderna y cada vez más extendida, el que el color llegase hasta las imágenes que se trasmitían en blanco y negro, con comerciales escritos y fijos entre los programas, era una noticia más que alentadora.

Pero aquella primera opción de los televisores a color no llegó con nuevos aparatos, especialmente fabricados para ello, sino como digo, con un producto que, como casi todos los productos del mercado, ofertaba mañosamente una ansiada posibilidad.

Se trataba de una sobre pantalla azulada, que de alguna manera podía fijarse sobre el aparato, de tal suerte que el aburrido blanco y negro de las trasmisiones tomara con ella ciertos tonos coloridos. Ese aditamento se convirtió pronto en un exitoso producto mercantil, que vivió tan sólo en lo que la auténtica televisión a color se ofertó en el mercado.

Todavía me parece ver la de mi casa, de material parecido a una malla de alambre de finísimo tramado, colocada con patitas adecuadas sobre la pantalla del televisor Admiral, con ese tonito azulado que ayudaba a que nuestros ojos anhelantes pudieran percibir ciertos tonos que evadían el aburrido blanco y negro de todos los programas, de Porky a Daniel Boone, de Bonanza a Don Facundo, y de Batman al Teatro Fantástico de Cachirulo.

Lo demás seguía siendo igual: Tratar de ajustar la pantalla corredora en cuanto la imagen se podía apreciar sobre la pantalla, darle vuelta a la manija para llegar, de golpe en golpe, al canal preferido; el cambio de bulbos con el señor Helguera, o aquella finísima lucecita que no acababa por morir tras el apagado, como si se negara a irse definitivamente y quisiera seguir manteniéndonos en el imaginario mundo de esa caja de sorpresas y entretenimiento.

La televisión a color, la auténtica, no tardaría demasiados años en llegar, pero ésta sí con aparato nuevo, diferente. Y las pantallitas ajustables acabaron por olvidarse más temprano que tarde, sin más utilidad que ocupar un espacio en el ropero.

No sé por qué me he acordado de ellas, así de pronto, como si hubiesen sido una alucinación o un sueño distante. Acaso por tantas pantallitas que hoy nos ofrecen por doquier desde la política, asegurándonos que se trata de la auténtica, sustentada, planificada y definitiva, tele a color. Lo malo de éstas es que nos van a estorbar más que aquella que permaneció por algunos años en el ropero de mi casa de niño.

ACOTACIÓN AL MARGEN

La otra tarde, como si de un sueño se tratara, me topé en plena calle de Pino Suárez, frente al Fray Luis de León, con una camioneta volteada. Así, con sus partes más secretas a la vista pública.

Son cosas, supongo, de la velocidad de los tiempos que corren.