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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Dicen los que bien vivieron en aquel Querétaro que se nos fue, que don Fernando Díaz Ramírez abandonaba las instalaciones del Colegio Civil, el antecedente de nuestra Universidad Autónoma, para incursionar en el famoso Cine Plaza para buscar a sus alumnos y convencerlos de regresar a clase. Sus gritos llamándolos por su nombre, con aquel tono grave inconfundible, aún resuenan en los oídos de aquellos estudiantes, hoy entrados en años y experiencia acumulada.

Mucho ha cambiado la forma de disfrutar del cine desde aquellos tiempos del Chayote Díaz y de las pintas estudiantiles al inmueble de Corregidora y 5 de Mayo, que un mal día decidió demoler el gobernador Camacho Guzmán para que se convirtiera en lo que hoy conocemos como la Tienda del Sol. Aquel emblemático recinto, construido ya en el siglo veinte, dejó de existir, como tiempo después lo hicieron el Reforma, y de alguna manera, también el Alameda.

Hoy la experiencia de ir al cine es muy distinta. Hay hasta salas V.I.P., con butacas reclinables y servicio de comida con meseros; con compra de entradas a través de aplicaciones telefónicas y múltiples opciones de cintas en diversas salas del mismo complejo. Hoy ir al cine no se parece en nada a la experiencia que ello representaba en el Querétaro de hace varias décadas.

Con la demolición del Cine Goya, en la calle de Juárez, para dar paso a lo que se convirtió en 16 de Septiembre, la ciudad tuvo por años tres opciones para que sus habitantes disfrutaran del séptimo arte, a través de aquellas funciones de dos películas que se estrenaban, si no me equivoco, cada jueves, y duraban toda la semana en cartelera.

El Cine Plaza, con su Virgen del Pueblito coronando su fachada; el moderno Reforma, que en los setentas se remodeló con alfombras rojas; y el Alameda, que se dividió en tres salas y dio paso a la exhibición de citas pasadas de color, para regocijo de los jóvenes, y no tan jóvenes, queretanos de la época. Sólo tres cines para dar, por años, entretenimiento a una ciudad que se dormía temprano y cuyos pobladores huían despavoridos y cerraban con doble vuelta de llave los portones de sus céntricas calles, en cuanto soltaban el león, a las nueve de la noche.

Aquellos cines queretanos de antaño, con estilos propios de los cuarentas (el Reforma era de hechuras más modernas), además de su tradicional lunetario, con butacas de madera, contaban con la gayola, en la parte alta, hasta donde se accedía por un costo más módico y desde donde los jovenzuelos solían lanzar diversos objetos, o escupir, sobre los más acomodados clientes de la parte baja. Esa era, acaso, la más socorrida de las diversiones vespertinas de entonces.

En el portal de las atoleras, preámbulo del acceso al Plaza, las marchantas despachaban pepitas de maíz, midiéndolas con corcholatas, y podían apreciarse, además de las tradicionales funciones de la tarde, las matinés dominicales, con películas españolas de Marisol o Rocío Dúrcal. Una eterna comerciante, con su tradicional carrito, permanecía afuera de la inacabada fachada del Alameda, en cuya taquilla podía apreciarse a la mismísima empleada de toda la vida. En el Reforma había que formarse en un estrecho pasillo, que de algún modo ampliaba la banqueta de 16 de Septiembre, para adquirir el boleto que un trajeado y eterno personaje recogía en la puerta de cristal tras la que se descubría la cafetería del inmueble.

El tiempo pasó y la ciudad empezó, irremediablemente, a crecer. Vinieron otros cines (el Premier 70, el Cinema 2000, o los Gemelos, por dar algunos nombres), y los viejos y tradicionales espacios queretanos dedicados a la proyección cinematográfica fueron desapareciendo. El Plaza víctima de la picota, el Reforma transformándose en una tienda de electrodomésticos, y el Alameda abandonado por años, hasta que la administración municipal del Chucho Rodríguez lo rescató para crear lo que hoy conocemos como Teatro de la Ciudad.

Hoy la experiencia de ir al cine se mide distinto, con otros criterios a los que teníamos los queretanos de aquel siglo veinte a plenitud. Hoy sería imposible que el Chayote Díaz encontrara a sus alumnos, de pinta, en el cine. Hoy sería imposible concebir la experiencia que aquellas funciones dobles representaban para una sociedad tan distinta y distante.