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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Carmelita se llamaba mi maestra de primero de primaria.

Era una mujer dulce y dedicada a su trabajo como educadora en una de las poquísimas instituciones particulares del Querétaro de principios de los sesenta. Llevaba a cabo su labor cotidiana con atingencia y sin aspavientos, y tenía en su haber ya varios años de experiencia.

Recuerdo que el niño de aquel entonces que era yo, y que apenas había vivido un lustro, además de los juegos del recreo en uno de los muchos espacios al aire libre de aquello que un día fue molino y más tarde se convirtió en escuela, tenía como un acicate más para la asistencia diaria a clases, luego de una no muy motivadora experiencia en el kínder, el de la presencia serena de Carmelita.

Llegué incluso a soñarla, y su sonrisa motivó su constante presencia en mis pensamientos infantiles. Aún hoy, a tantos años vividos, creo que lo muy poco que recuerdo de aquel mi primer año de primaria es, precisamente, esa sonrisa de la maestra Carmelita.

Aquel año escolar concluyó y Carmelita, algún tiempo después, se fue a trabajar a una industria donde, seguramente, tenía mayores percepciones económicas; yo y mis compañeros de generación, mientras tanto, seguimos el camino de aquella educación básica, siempre con maestros varones, algunos de los cuales, para bien o para mal, también resultaron inolvidables.

Hasta la secundaria y la clase de mecanografía.

Aquella maestra, creo que única de su género  que nos daba clases, era una joven queretana que vivía su tiempo y lucía sin tapujos la moda de los inicios de los setentas: pantalones acampanados y hasta la cadera, pero sobre todo, minifaldas.

Nadie se perdía la clase de mecanografía, no sólo porque entonces echarse la pinta era una empresa más que difícil, sino adicionalmente porque la maestra en minifalda resultaba, para aquellos jovenzuelos en plena adolescencia, un atractivo irresistible. Quizá por ello, los integrantes de mi generación, con excepciones muy respetables, se volvieron verdaderos especialistas en el arte de teclear.

La maestra de mecanografía, de la que sólo recuerdo su apellido, dejó también un día las aulas de aquella entrañable escuela, como también lo hicimos nosotros no demasiados años después.

Me acordé de ella y de Carmelita con el triunfo de en las pasadas elecciones francesas de Emmanuel Macron, pues lo que más parece interesarle al mundo, o a buena parte de él, es la diferencia de edades entre el nuevo presidente francés y su esposa, Brigitte Trogneux.

Ella, quien le lleva al mandatario recientemente electo veinticuatro años, fue su maestra cuando Macron tenía apenas quince y se enamoró perdidamente de ella; tanto, que logró convencerla, años más tarde, de hacer una vida en común.

Para Macron, las insistentes críticas recibidas por esta diferencia de edades con su esposa son misóginas y delatan el gran problema que buena parte de la sociedad contemporánea aún tiene con el lugar que le concede a la mujer. Y no deja de tener razón si tan sólo meditamos en que Donald Trump le lleva a su esposa Melania más o menos los mismos años que Brigitte a Emanuel. ¿Por qué habría que mirar distinto, por el mero género de los protagonistas, la misma circunstancia?

Acaso los franceses, como en otros momentos de la historia con temas diversos, nos van a venir dar, por conducto de su nuevo presidente, una lección de igualdad. Esa igualdad de géneros que a todas vistas parece no acabar de asentarse en el mundo.

En fin, que yo me acordé de Carmelita, mi maestra de primero de primaria, y de la de mecanografía de la secundaria. Mera asociación de ideas.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Mañana se conmemora el significativo aniversario número 150 de la caída del Segundo Imperio y el triunfo de la República.

Y aunque habrá actividades diversas para remarcar la fecha, entre la que destaca la reunión en Querétaro de cronistas venidos de todas partes del país, el recordar la celebración que se organizó para el centenario, en 1967, necesariamente nos hace preguntarnos si no nos quedamos cortos; si no estamos demasiado distraídos como para no alcanzar a distinguir la importancia de un acontecimiento tan relevante, en el que nuestra ciudad fue protagonista.