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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Falta ya muy poco para cumplir tres décadas de aquella primera audición a alumnos que intentaban participar en la comedia musical del Tecnológico de Monterrey. Yo acabada de sufrir la enésima (al menos a mí me parecía enésima) cancelación de un proyecto artístico que me llevaría a la ciudad de México, y había aceptado dirigir aquella puesta en escena que empezó, a quererlo o no, a transformar mi vida.

Jóvenes estudiantes, algunos nerviosos y otros con ánimo de diversión, se acercaron aquel día. De entre todos, con algunos de los cuales llegó a unirme un afecto especial que aún hoy prevalece, resaltaba un güerito, chaparrito y especialmente narigón, que derrochaba ángel y entusiasmo; pertenecía a una familia queretana de toda la vida, compuesta por buena cantidad de hijos, respondía al nombre de Gerardo Mancebo del Castillo Trejo y cursaba por entonces la carrera de Comunicación.

Inició así, con aquel primer encuentro, una estrecha relación de complicidad. Gerardo participó en varias puestas en escena estudiantiles que me tocó dirigir: La Dama del Maxims, El diluvio que viene, Aspirina para dos, y desde luego, una que causó un especial impacto entre la comunidad del Tec de aquellos años: El Hombre de la Mancha.

Pese a ser de figura esbeltísima, apoyado en su capacidad para hacer reír y seducir audiencias, Gerardo interpretó, ayudado por una botarga, a Sancho Panza, el fiel escudero del protagonista de la historia.

Aún sonrío cuando recuerdo las bromas que mutuamente nos hacíamos en torno a nuestras respectivas narices. Él aseguraba que la mía era muy grande, y yo que la suya, además de tener proporciones más que suficientes, tenía la particularidad de que su aspecto torcido nos obligaba, a quienes lo veíamos a la distancia, a dudar entre si iba o venía, o si estaba de frente o de perfil. Debo decir, con absoluta objetividad, que en el tema de la nariz, él me ganaba de calle.

Aquella armonía, aquella maravillosa complicidad entablada entre el maestro y el alumno, entre los amigos que también éramos, tristemente se rompió un día. Y debo de confesar que por culpa mía.

Habíamos empezado a hacer planes: Crear una compañía teatral fuera del Tec, conseguir un espacio donde desarrollar nuestro proyecto artístico, nadar en el océano del mundo en pos, como el lema del Hombre de la Mancha, de un sueño imposible. Gerardo buscó incluso espacios para empezar la aventura, pero yo, más preocupado por el día a día, abdiqué por la comodidad de mi pequeña isla, acaso tocado por la “enésima” frustración de planes.

Al concluir Gerardo su carrera, salió del Tec, y quemando sus naves también se fue de Querétaro. Cuando inició estudios teatrales con el maestro Ludwik Margulles en la capital del país, llevaba ya bajo el brazo algunas de sus primeras obras, cargadas de un humor inconfundible e inigualable.

Pese a su enorme capacidad como actor para la comedia, donde dio un golpe definitivo fue en la dramaturgia; sus obras empezaron a tener un reconocimiento mayúsculo, y con un grupo de amigos, nuevos cómplices que iniciaban con él un largo camino de una carrera profesional en el teatro, se echó a la mar con éxito. De entre lo más significativo, aquella mítica puesta en escena de su obra “Las terribles aventuras de la Capitana Gazpacho”, protagonizada por Ana Francis Mor, y dirigida por un jovencísimo (como todos los demás) Mauricio García Lozano, quien mereció por ese montaje el premio de la crítica especializada del país como el director revelación del año.

Infortunadamente, la muerte le hizo un guiño inesperado, injusto, casi absurdo, a Gerardo, quien partiría demasiado joven y sin haber cruzado muchas leguas de su travesía. Le alcanzó, sin embargo, para un reconocimiento generalizado de su medio y hasta para darle nombre al concurso de dramaturgia joven más importante y prestigiado del país.

Con el paso del tiempo, cuando me inicié en el mundo del Facebook y desconocía sus entretelares, un amigo en común, sobreviviente de aquellas batallas maravillosas del Tec, colocó una foto en mi perfil, que desde entonces conservo ahí. En la imagen puede apreciarse a Gerardo y a mí, ambos efectivamente de perfil (él no se sabe del todo si de frente o de perfil), en el estacionamiento del Tec, poniendo en la balanza justiciera de una cámara fotográfica nuestra discusión de todos los días: ¿quién tenía la nariz más grande?

Mañana lunes se presentará en Querétaro una nueva puesta de El Hombre de la Mancha, versión que ha alcanzado un éxito de meses en el capitalino Teatro de los Insurgentes. En los créditos del programa de mano puede apreciarse el nombre de su director, hoy consolidado, gracias a su impresionante trabajo creativo en teatro y ópera, como uno de los mejores de México: Mauricio García Lozano.

Tengo la sospecha de que el espíritu de Gerardo Mancebo del Castillo Trejo andará por ahí.