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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Las apariencias pueden engañar; de hecho, lo hacen más que a menudo.

Personajes con los que topamos que, a simple vista, nos parecen dignos de recelo y desconfianza, sin que, en realidad, haya argumentos sólidos para ello, más allá de cualquier detalle alejado de nuestro entorno de confianza o de lo que consideramos sinónimo social de algo.

La ropa principalmente, pero también un tatuaje, una notoria inclinación a algo, una actividad, y hasta un simple semblante, son razones que hacen a la gente desconfiar de los demás y hasta, llegado el caso, atacarlos sin fundamento.

Para mí un ejemplo clásico de ello, que ya he relatado en alguna ocasión y que viví en carne propia, es la de un limpiaparabrisas que solía realizar su cotidiana actividad en la esquina de Ezequiel Montes y Constituyentes. Un hombre joven y delgado, de aspecto descuidado, venido de fuera, con cara de pocos amigos y motivador como el que más a poner el seguro del coche.

Una tarde calurosa, mientras aguardaba el ansiado verde del semáforo, fui testigo de cómo este hombre de aspecto tan proclive a la desconfianza abandonó la posibilidad de echar jabón sobre un parabrisas para correr hasta la mitad de la amplia avenida y ayudar a una trabajadora de limpia a cruzar su tambo de basura. Con enorme amabilidad, casi con cariño, se hizo del tambo rodante y lo depositó en la banqueta anhelada por la trabajadora vestida de naranja –hoy de amarillo-, perdiendo quizá con ello la oportunidad de una moneda.

Un detalle apenas que habla, mucho más, que las apariencias.

Otros detalles más me conmovieron cuando mi padre, con más de noventa años, sin vista y sin oído, perdió también la noción de la realidad.

En su vecindario vive una familia que provoca cierto recelo entre los demás vecinos. Acaso la apariencia de descuido de su inmueble, el hecho de que mantenga un coche en el abandono en plena calle, o la costumbre de contar con un noble perro que ha hecho de la calle su mundo cotidiano, le han atraído desconfianza.

Pero ese vecino y sus hijos fueron quienes se mostraron siempre prestos a la ayuda, a brindar una mano solidaria en pequeños hechos aislados, pero inolvidables.

Uno de ellos fue cuando tuvimos que ingresar a mi padre a la sala de urgencias del IMSS. Al parecer había sido picado por un alacrán, pero él era incapaz de decirlo, dado su estado general. De ida fue una ambulancia de la Cruz Roja la que hizo el trámite, pero después fue una odisea llevarlo de nuevo a casa, sin que pudiera oírme, sin que pudiera verme y sin coordinar sus movimientos. Aquella aventura de sacarlo del coche, hacerlo llegar hasta la puerta de su hogar y hacerlo subir las escaleras hasta su habitación, resultaba para mí imposible desde el primer paso. Por increíble que parezca, puedo decir que aquel momento ha sido uno de los más angustiantes y frustrantes de mi vida.

Me acerqué a la casa del vecino al que los demás miran con recelo y el único hijo que estaba en casa se apresuró a ayudarme. Ni las más mínima duda, ni el más nimio resquemor; presto me acompañó y no se despidió hasta haber depositado a mi padre en su cama.

Como digo, apenas un detalle, pero lo suficientemente notorio como para marcar para siempre mi alma con la tinta indeleble del agradecimiento.

Por eso digo que las apariencias engañan y que los estereotipos que nuestra sociedad se empeña en adosar a sus miembros, no son más que estorbos para encontrar, donde menos puede esperarse, seres humanos entrañables.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Siempre me he preguntado si los espectaculares al lado de vías de alta, o al menos mesurada, velocidad, distraen a los automovilistas y pueden ser causa de algún accidente. Siempre me he preguntado si no deberían estar prohibidos.

Me lo pregunto interiormente siempre que recorro el Periférico de la capital del país, o cuando voy por la carretera y aparece alguno en sitio estratégico. Me lo he preguntado recientemente con mayor insistencia con la aparición de al menos tres de ellos, con el agravante de que éstos son luminosos y con video, en curvas pronunciadas o al lado de puentes que requieren una mayor concentración al conducir.

Me lo seguiré preguntando, porque no tengo aún la respuesta.

Los que al parecer ya la tienen son quienes han autorizado la colocación de muchos más en puntos específicos de nuestra ciudad, al lado de vías primarias, donde a cambio de alguna información sobre densidad vehicular nos endilgarán todo tipo de publicidad. Anuncios espectaculares luminosos aquí y allá, que ahora tendrán la agravante de que, en aras de estar informados, atraerán aún más las miradas de automovilistas distraídos.

Y mientras, como digo, yo sigo con mis interrogantes.