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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Creo que se llamaba Antonio, aunque el tiempo ha provocado que su nombre se diluya en los entretelares de la memoria. Había perdido la razón por alguna razón desconocida, que en los corrillos del barrio habían traducido en una decepción amorosa, en el triste resultado de un amor imposible.

Antonio, o Toño como creo apenas recordar que le decían, no hablaba, o al menos nunca escuché que su boca emitiera una palabra, por escueta que fuera. El silencio era una de las características de una personalidad ajena, distante, perdida.

Caminaba todos los días por las calles del barrio, principalmente por el costado de una cinta asfáltica deteriorada de lo que había sido una carretera y entonces se conformaba ya en ser apenas una calle llena de hoyancos y de escasa circulación. Caminaba todo el tiempo, contando los pasos pequeñísimos, apenas cruzando un pie al otro, con su mente alejada de lo que parecía ser la realidad.

Iba y venía, se detenía a ratos para sentarse en alguna banca, y luego volvía a caminar con aquellos pasos chiquitos, como si la vida se le fuera en contar las veces en que una pierna adelantaba levemente a la otra.

Recuerdo que mi mirada de niño era temerosa. Lo veía a la distancia y siempre me ponía a buen resguardo cuando Toño se acercaba, aunque lo más probable es que mi presencia, como la del resto de los vecinos que lo asumían como un elemento más del paisaje, no le significara nada.

Toño, con su calvicie prematura y su espigada figura, fue el primer contacto que tuve con eso que llaman locura, y aquella presencia suya representó siempre una inquietud difícil de explicar. Aún hoy, a tantos años vividos y él ya desaparecido, sigue el recuerdo ocasionándome sensaciones internas de inseguridad; esa que siempre provoca lo desconocido.

Dicen que Eduardo Tresguerras, el famoso arquitecto celayense, aseguraba que el agua queretana era la que provocaba la proliferación de locos en estas tierras, acaso más guiado por esa eterna confrontación que los queretanos hemos tenido con nuestros vecinos guanajuatenses, que sustentado en fundamentes científicos sólidos.

El hecho es que después de Toño, y a lo largo de mi vida, muchos han sido los personajes que me han marcado de anécdotas la existencia, y que han escrito también la historia de una ciudad como la nuestra: el que sobre patines lanzaba consignas que causaban gracia o reflexión, la que esperaba el descuido de los mozalbetes para prenderlos por salva sea la parte, el que permanecía como estatua en alguna esquina, la que aparecería de pronto exigiéndote un cigarro al oído, el que cargaba bajo el brazo su título enmarcado para demostrar que era abogado, el que marchaba mientras enviaba informes al alto mando, la que esperaba en cualquier rincón nocturno para musitar algún comentario a los transeúntes, o el que sostenía su condición de loco asegurando que tenía papeles para demostrarlo.

Aún hoy, como siempre, nuestras calles siguen contando con el aderezo de la locura en alguna calle, en alguna banca, en alguna plaza, en algún rincón: el de bermudas que entabla conversaciones forzosas, la que agrede verbalmente para buscar pleito, el personaje entrañable que sigue apostado en algún alto de semáforo para pedir dinero, o el descuidado que amedrenta con el olor a muchos metros a la redonda.

Todos igualados por eso que llaman locura y que no es otra cosa que vivir una vida distinta a lo que la mayoría consideramos como normal; hombres y mujeres que han creado su propio mundo, su mundo aparte, seguramente mucho más confortable que los del resto.

Aún me parece ver a Toño recorriendo a pasitos la vieja carretera, con la mirada perdida en un misterioso interior al que los vecinos ingenuamente pretendían darle forma de mujer inalcanzable. Lo  veo cuando me encuentro, por ejemplo, a un hombre en bermudas convencido de sus imparables e inacabables argumentos verbales. ¿El agua?, suelo preguntarme siempre, para después perderme unos instantes en el estrecho universo de aquel niño que miraba con temor a la distancia a un hombre empeñado en ser diferente.