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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Dicen que don Rafael Camacho Guzmán abrió un poquito más los ojos, puso cara de enfado y de inmediato soltó, con su peculiar léxico, su opinión de que una población no podía llamarse Tetillas, así que ordenó que se le rebautizara con el más sugerente nombre de Villa Progreso. Acaso no fue exactamente así, pero el hecho es que la anécdota trascendió no sólo como eso, sino como un cambio sustancial en la nomenclatura de las poblaciones queretanas.

Tetillas tenía sentido por los montículos naturales que desde siempre enmarcan al pueblo, pero para el controvertido y recordado mandatario estatal, más sentido tenía nombrar a esa población prominentemente indígena con un título que hiciera honor a lo que él aseguraba dominaba el ambiente durante su administración. Y el Tetillas se quedó como romántico legado del pasado.

No es el de Villa Progreso el único cambio de nombre por voluntad de un gobernante, pues su propia cabecera municipal se llamaba Corral Blanco, antes de que a algún político se le ocurriera, cuando el siglo veinte vivía apenas su primer cuarto, que era buena idea mejor darle el nombre del notable jurista salido de esas tierras: Ezequiel Montes.

Y los ejemplos de la intención de marcar una nueva etapa con un cambio de nombre se multiplican a través de la historia, sobre todo en vialidades, que son las que al gusto de gobernantes en turno acaban por nombrarse oficialmente de otra forma, y curiosamente con el común denominador de la falta de imaginación para seleccionar el nuevo título.

Así, la antigua Calzada de Belén trocó su nombre a Ezequiel Montes, aunque los queretanos de viejo cuño siguieron llamándole popularmente “la calzada”, o el mercado Dr. Pedro Escobedo, acabó siendo, tras su cambio de ubicación e inauguración de nuevas instalaciones, en Gral. Mariano Escobedo.

En tiempos más recientes, la antigua Carretera Panamericana se convirtió en Avenida Constituyentes, con todo y palmeras, hoy desaparecidas, incluidas; o la Carretera Constitución aprovechó sus nuevos puentes para renovarse en Avenida 5 de Febrero. Nombres ambos dotados de una imaginación manifiesta.

Y aunque no prosperaron ideas de cambio de nombre, como la de trocar la céntrica Avenida del 57 por Eduardo Loarca, e Industrialización por Francisco Cervantes, sí se han rebautizado tramos de avenidas arriba mencionadas, poniéndole Paseo Constituyentes a la prolongación poniente de la avenida de ese nombre, o Paseo de la República a la continuidad de la 5 de Febrero hacia la salida a San Luis Potosí.

Todo en un intento de marcar, de trascender, de establecer un cambio; todo por la voluntad del gobernante en turno; todo con la simpleza y la ligereza del lugar común, de la falta de imaginación y de la necesidad de trascender.

El caso más reciente y significativo ha sido el de Camino a Mompaní, vialidad así conocida por razones más que obvias: el acceso a la localidad de ese nombre, famosa porque en sus inmediaciones se ubicó, hace ya muchos años, el tiradero de basura de la ciudad, convertido después en relleno sanitario. A partir de hace unos días, el Camino a Mompaní, o Paseo Mompaní como también se le llamaba, ha cambiado su nombre por el muy vanguardista de Paseo Querétaro. Y aquí hasta las razones se dieron. Se dijo que el nuevo nombre representaba historia, tradición, y sobre todo, vanguardia y progreso.

El nombre de Mompaní, como en su tiempo el de Tetillas, no significan nada para quien puede, por la gracia del poder, decidir identidades.

ACOTACIÓN AL MARGEN

También Circunvalación se volvió Tecnológico, Ribera del Río se trocó en Avenida Universidad, la Calzada Juárez en Avenida Zaragoza, o el único Libramiento en Bernardo Quintana, por sólo dar otros cuatro ejemplos. Nombres van y nombres vienen. Todo va y viene con el tiempo.