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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Desde siempre, el llamado estatus ha estado presente en las sociedades y se ha reflejado en los asentamientos y la distribución en la ocupación de las ciudades. Querétaro no fue nunca la excepción, y aquí, como en otros lares, se estableció aquello que los queretanos denominaron “la otra banda”.

Y aunque los muros pueden, efectivamente, dividir a las sociedades, lo que regularmente marca la frontera ente dos estatus son las barreras naturales, como en el caso de Querétaro, donde su río deslindó de manera fehaciente a las dos ciudades, o las dos bandas, cuya distancia iba mucho más allá de la ubicación en torno a la cicatriz natural que de siempre ha tenido nuestra urbe.

A la otra banda del río, la del lado norte, iban los menos pudientes, los más desprotegidos, y en algunos casos, los expulsados, cuyo ejemplo más claro y famoso es el de don Fadrique de Cázares y Puente, que tras la afrenta imperdonable de rasgar el faldón de seda de don Pablo de Tapia durante la procesión del Corpus, tuvo que fincar su residencia, espléndida por cierto, en el inmueble que hoy conocemos como Casa del Faldón.

En la otra banda, con su barrio de San Sebastián primero y luego con otros barrios populares que fueron forjando su propia historia, se asentaron todos aquellos a los que, por razones económicas, sociales o políticas, les era imposible tener su residencia en la siempre magnificente ciudad de Querétaro, o más puntualmente, en lo que hoy conocemos como su centro histórico.

Pero, a diferencia de los muros que hoy están tan en boga, la otra banda se comunicaba con el centro de la ciudad a través de puentes que libraban el paso de las entonces más caudalosas aguas del río queretano.

El Puente Grande, que era el más importante; el Colorado, con una curiosa leyenda a cuestas; el del Frijomil, cuyos restos aún se perciben; o el de San Antonio, eran los más socorridos, ya sea por permitir el acceso de los habitantes de aquellas confinadas tierras del norte, o por atender las necesidades de movilidad de quienes hasta el importante Molino de San Antonio pretendían llegar.

El Puente Grande, ubicado en la desembocadura de calle que hoy lleva el nombre de Juárez, prácticamente enfrente del popular Jardín de los Platitos, significó siempre, antes de que reinara el automóvil, la principal comunicación entre los contornos del río. Con el tiempo y la llegada de necesidades de mayor transporte, se fue ampliando y modificando, al grado de que hoy sus materiales de fábrica son mayoritariamente contemporáneos.

El Puente Colorado, ahí donde termina Pasteur, es el escenario de la famosa leyenda del sereno sin cabeza, que cuenta como este personaje que resguardaba la seguridad nocturna aún se aparece en las noches, a pesar de la llegada de la iluminación “led”, para seguir haciendo sus rondines. No tiene cabeza, porque precisamente murió a causa de su pérdida, a manos de una malandros de la Otra Banda.

Es una lástima que algún gobierno de años atrás decidiera demoler el Puente del Frijomil para construir uno nuevo en el mismo sitio, a la altura de la calle Altamirano. Hoy otro de cantera, recientemente afectado por un accidente, puede ser utilizado por los peatones que deciden cruzar el río a esa altura, pero aún pueden verse lo que quedó de aquel histórico que bajaba en lugar de subir y que, por tanto, era regularmente afectado por las crecidas en época de lluvias.

El de San Antonio se mantiene, casi incólume, frente a donde nace la calle de Gutiérrez Nájera y fue, por muchos años del siglo veinte, el único acceso al Instituto Queretano, escuela de prosapia marista que se instaló en lo que un día fue molino.

Otros puentes surgieron después para comunicar al centro de la ciudad con aquella Otra Banda que empezó a dejar de serlo: el Puente de la Revolución, para tener un acceso más directo a la Estación del Ferrocarril, o el de Tecnológico, que tantas veces crucé en mi niñez y que después se volvió controversia con su ampliación hace algunos años.

Hoy otras son las fronteras que dividen los estatus de los habitantes de nuestra ciudad; fronteras claras, inocultables, que nos hablan de marcadas diferencias. Hoy la Otra Banda es tan sólo una referencia romántica de lo que fuimos; de lo que siempre hemos sido.