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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

El Mesón del Prado, la alberca de El Jacal, y hasta los baños de San Bartolo o la alberca del Piojito, podían ser opciones de distracción para los queretanos de otrora, cuando las opciones para ello eran tan escasas como la intensidad de la vida en nuestra virreinal ciudad.

Ubicado en lo que hoy es campo de golf y zona residencial en Juriquilla, el Mesón del Prado congregaba, de vez en vez, a muchos de los queretanos que entonces encontraban en aquella jornada de día de campo una opción distinta ante el rutinario paso de los días. Ahí, bajo aquellos centenarios ahuehuetes, las familias convivían mientras degustaban los alimentos llevados ex profeso para ello. Dicen los que de estos primaverales días disfrutaron, que incluso llegó a aparecerse por ellos el gran Pedro Vargas, que entonces gozaba de enorme popularidad.

Aunque desde luego, el Jacal significó, por mucho tiempo, el espacio ideal para quienes querían gozar de las delicias de una alberca y las bondades de un sol que, me temo, no solía ser tan intenso y dañino como el de hoy.

Situada en la salida a Celaya, junto al hotel del mismo nombre, El Jacal era casi único punto de reunión para quienes quería nadar en el Querétaro de entonces, si no se deseaba tomar carretera y adentrarse en los proclives y relajados ambientes de Tequisquiapan, con las aguas del El Relox y la agraciada presencia de las hermanas Perusquía. Ahí en El Jacal, muchos aprendieron a nadar, y otros tantos, como el Dr. Enrique Rabell, se convirtieron en nadadores tan expertos como para representar a México internacionalmente.

Claro que para otros, los baños de San Bartolo, kilómetros más delante de la misma carretera, podía ser una alternativa nada despreciable. En las pequeñas pozas independientes de aquel lugar, los visitantes podían disfrutar de las calientes y sulfurosas aguas, y las señoras prepararse mascarillas maravillosas con el lodo que en los alrededores se formaba.

Y tratándose de agua, de alberca y de sol, otra opción muy socorrida era la del Piojito, en La Cañada, donde dicen que llegó a tomar tranquilos baños el mismísimo Venustiano Carranza, y cuyo nombre, a decir del dicho de los pobladores de la cabecera municipal de El Marqués, derivaba de la facilidad con la que el torrente de agua, cuando lo hubo, liberaba a los usuarios de esos molestos habitantes del cuerpo.

Años pasarían para que el Querétaro popular encontrara en Colorilandia, precisamente en la población, también marquesina, de El Colorado, una nueva opción para pasar el día disfrutando del agua de una alberca. Eran tiempos en los que los balnearios de los alrededores de Ezequiel Motes y de Tequisquiapan, no cobraban el auge que alcanzaron posteriormente.

Para los que no contaban con las posibilidades de trasladarse hasta los lugares señalados, que en mayor o menor medida tenían sus limitantes, siempre se presentaba la oportunidad de visitar, en cualquiera de esos días de asueto que llamaban a buscar aventuras distintas a las cotidianas, el cerro de Pathé, donde cualquier piedra podía servir muy bien de silla, y donde la recolección de garambullos era obligada.

Hoy Pathé se ha convertido en fraccionamientos casi céntricos, y Colorilandia se extinguió. Hoy El Jacal es un hotel, donde se mantiene una alberca para sus huéspedes, y los baños de San Bartolo han dejado de ser una opción para convertirse en algo totalmente desconocido para los queretanos.

El Mesón del Prado, como decía, es ahora campo de golf y fraccionamiento exclusivo, y El Piojito sobrevive, aunque bastante olvidado, en una Cañada que ya forma parte de la enorme e insaciable mancha urbana de la capital queretana.

Para pasar los días de asueto, hoy han ganado en el ánimo de los queretanos las albercas de los clubes y los cines de las modernas plazas comerciales; eso de recoger garambullos en Pathé o tomar baños en las termales aguas de San Bartolo, son increíbles y extraños pasatiempos de una sociedad extinta.