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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Dos mujeres de vestimenta sencilla subían aquella mañana por la cuesta de la calle Cinco de Mayo, rumbo al Sangremal, metidas en una conversación privada que, a base de volumen, necesariamente se hizo pública entre los que se cruzaban en su camino.

“Están re feas”, argüía la primera, de cara seria.

“Pero es arte”, le respondía la segunda, con un evidente convencimiento en el tono de su voz.

Metros abajo, en la queretana Plaza de Armas y en el trozo de la misma calle 5 de Mayo convertida en peatonal, impresionantes esculturas en bronce adornaban el entorno. No, no eran bonitas, pero eran arte; eran unos cuantos “animales impuros”, salidos de la imaginación y las manos de un artista de época: José Luis Cuevas.

El espacio público citadino se había convertido en una galería al aire libre que recibía aquellas piezas de tamaño considerable y rasgos inconfundibles del llamado “enfant terrible” de la plástica mexicana, que causaban lo mismo admiración que rechazo. Incluso el propio Manuel Cisnel, el propietario de la tortería Las Tortugas, había amenazado con agredir a la pieza que, osadamente, habían colocado frente a su popular establecimiento.

Para cuando la exposición “Animales Impuros” se colocó en el corazón de la ciudad de Querétaro, habían pasado ya muchos años de aquella etapa en la que José Luis Cuevas encabezó la llamada “Generación de la Ruptura”, y muchos más de que se había inscrito, aún niño, en La Esmeralda, en la búsqueda del dominio del dibujo, especialidad en la que brilló como nadie. Ya no era aquel joven que dio la batalla al muralismo mexicano desde el extranjero y a quien el propio Pablo Picasso le compró obra, pero seguía siendo, por encima de todo, ese personaje, seductor y único, que se inventó para sí.

Cuando aquella exposición se organizó en Querétaro, Cuevas vivía, además, el más intenso momento de enamoramiento con su segunda esposa, Beatriz del Carmen Bazán, con la que había librado persecuciones de un marido indignado, con la que se casaba por todos los ritos posibles, y a la que mantenía tomada de la mano en todo –y cuando digo todo es todo- momento.

A lo largo de los años, aquella ocasión fue una de las varias en las que tuve la oportunidad de tratarlo; o mejor dicho: de tratar a aquel personaje que Cuevas había creado para hacerle frente a un mundo acaso no tan terso para con su alma de artista.

La primera, creo recordar, fue cuando lo entrevisté para este mismo Diario de Querétaro, en una visita que realizó a Querétaro. Fue en el patio del Mesón de Santa Rosa, donde estaba ya todo dispuesto para una posterior entrevista televisiva que le realizaría David Estrada. Yo entré como sobresaliente de aquel suceso, y me desconcertó la forma en la que el artista contestaba a mis preguntas, como sin intención de hacerlo, como sin completar del todo sus planteamientos. La razón la comprendí apenas unos minutos después, cuando un camarógrafo se apostó tras la cámara y Cuevas asumió que ya lo estaban grabando; fue entonces cuando se convirtió, a plenitud, en ese personaje mediático que todos conocimos y me otorgó una deliciosa entrevista televisiva que nunca fue para televisión.

Después me tocó convivir con él, y con su hija Ximena, cuando el espacio del ex convento de Capuchinas, que a la postre se transformó en Museo de la Ciudad, estuvo a punto de convertirse en una segunda sede del Museo Cuevas. Así lo había planteado el artista y todo parecía suponer que la idea podía cristalizarse, si no se hubiese interpuesto en el camino la oposición silenciosa y clandestina, pero efectiva, de algún creador local. Sin poder de decisión sobre el particular, a mí me tocó entonces atenderlo, llevarlo a comer, y escuchar esos sus argumentos cargados de ilusión, como los de un niño tras el escaparate de una juguetería.

Otras ocasiones tuve de charlar largamente con él, pero la más significativa, sin duda, fue la de aquella comida a la que invité también al recordado Ignacio Padilla. Pese a que Cuevas había ilustrado un artículo de Padilla para la revista Playboy, ambos creadores no se conocían personalmente, y aquella comida sin sobremesa significó un rico encuentro, donde la charla, las anécdotas y los conceptos sobre el arte y la vida llenaron el tiempo.

Y digo que fue una comida sin sobremesa, porque aquel convivio acabó, tras el último bocado del postre, en tono agrio, con el disgusto creciente en el rostro de Beatriz del Carmen. El propio Cuevas lo explicó en su “Cuevario”, que publicaba en un periódico de circulación nacional, donde relató cómo su esposa se sintió ofendida ante la falta de atención hacia su persona del resto de los comensales. Cuevas, ahí mismo, escribió como le explicó a su segunda cónyuge el hecho de que él era un personaje que despertaba el interés de la gente, y que el hecho de que sobre él se centrara la atención era totalmente natural y comprensible.

Y es que José Luis Cuevas Novelo, además de un artista que marcó el siglo veinte, era sobre todo, ese personaje que se fue adentrando en sus huesos y en su alma hasta asumirse por completo. Por eso a mí no me parece extraño el pequeño escándalo que se escenificó, producto del enfrentamiento entre sus hijas y su viuda, en el homenaje que se le rindió, tras su muerte, en el Palacio de Bellas Artes. El espíritu del “enfant terrible” no hubiese estado contento con una ceremonia sin sobresaltos.

A mi mente, como un suspiro, llegó la imagen de aquellas dos humildes mujeres que subían la cuesta del Sangremal. “Están re feas, pero es arte”, el arte imborrable y eterno de José Luis Cuevas.