imagotipo

Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Estimados y estimadas lectores y lectoras:

Los tiempos de la igualdad de género han llegado, contundentes y sin mesura, a nuestra realidad cotidiana. No importan, ¿por qué habrían de importar?, las reglas marcadas desde siempre por la Real Academia de la Lengua, instancia encargada de hacerse cargo del cuidado de un idioma tan rico como el nuestro. Y digo que por qué habría de importar, si las disposiciones de la Academia no importan casi para nada en estos tiempos en que los acentos, o tildes, se colocan donde a cada uno le place, o donde nos parece que pueden producir un mejor sonido.

Por eso es que, siguiendo los cánones de la política más elemental y absurda, le tenemos que dar un lugar igualitario a lo femenino en relación a lo masculino, y tenemos que cuidad la forma en la que nos expresamos de grupos minoritarios, o de sectores sociales que pueden sentirse agraviados por nuestra brusca forma de aludirlos.

Así que, estimadas y estimados lectoras y lectores, apunten ustedes algunos usos en materia de lenguaje que tienen que ir aprendiendo en este nuestro mundo cada vez más correcto, y sobre todo, cada vez más igualitario.

Es muy importante no darle al hombre un protagonismo al nivel de la humanidad en general, por lo que hay que cuidar de jamás afirmar algo como “el hombre ha logrado avances importantes a través de la historia”, sino sostener más bien que “la humanidad” es la que lo ha hecho; tampoco se puede hablar de los “niños de la calle” o de “los trabajadores” en general, sino muy puntualmente abordar el tema con los términos de “gente en situación de calle” o “el personal”.

No puede usted hablar de “usuarios” así en general, sino de “los y las usuarios”; de preferencia debe omitir un término como el de “los visitantes”, por aquello de que suena muy masculino; de ninguna manera puede referirse a alguna mujer como “la licenciado”, sino como “la licenciada”; y las secretarias habrán de convertirse, necesariamente, en “personal secretarial”.

No se le ocurra a usted referirse a una señora como “Gómez de Pérez, so pena de ser condenado a la hoguera, pues lo propio es decirle sólo “señora Gómez”, ni tampoco escribir “señor y señora Pérez”, pues lo correcto es afirmar “señora Gómez y señor Pérez”.

Y lo más importante: no utilice expresiones ofensivas como “viejito” o “anciano”, o aún “persona de la tercera edad”, pues lo válido es referirse a estos seres humanos de edad como “personas adultas mayores”; ni tampoco se refiera a algún integrante de un sector de la sociedad como “discapacitado”, o “persona con capacidad diferente”, o “minusválido”, cuando la regla política nos exige que debe usted decirle “persona con discapacidad”.

“Los mojados” o “los braceros” pasan ahora por decreto a llamarse “personas migrantes” y los enfermos de Sida deberán ser citados como “personas que viven con VIH Sida”; es más, a las “sectas religiosas” usted deberá ubicarlas como “grupos religiosos”.

Eso de la utilización de la arroba para unificar sexos también deberá ser erradicado de nuestra costumbre al momento de escribir; nada de “funcionari@s”, ahora son “las y los funcionarios”, o todavía mejor, “funcionarias y funcionarios”, aunque se canse un poco más la mano.

Todo lo anterior, que podría ser un simple juego con esta tendencia igualitaria, tan políticamente correcta en la actualidad y tan en uso de los políticos de hoy, no se queda en eso. Todos los ejemplos aquí vertidos forman parte de la Norma Mexicana NMX-R-025-SCFI-2015 en Igualdad Laboral y No Discriminación, y están siendo promovidas, entre dependencias gubernamentales, por el Consejo Nacional para la Prevención de la Discriminación, la Conapred; el Instituto Nacional de las Mujeres, el Inmujeres; y la Secretaría del Trabajo y Previsión Social.

Ya lo vivimos todo, estimados y estimadas lectoras y lectores.