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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Acababa de cumplir once años, y sentado en uno de aquellos sencillos sillones de la casa familiar, miraba arrobado una hazaña difícilmente repetible. En la pantalla televisiva, en blanco y negro, Neil Amstrong y Edwin Aldrin se aprestaban a bajar la escalinata del Apolo 11, para culminar así una proeza indescriptible.

Recuerdo bien como me costaba trabajo, desde mis ojos infantiles, descubrir con claridad las imágenes. Decían que ahí estaba Amstrong, y que bajaba, poco a poco, los peldaños, pero la imagen no era clara y se interponían en ella algunos elementos de aquella nave a la que le llamaban “águila”, que todavía enrarecían más la proyección.

Era increíble lo que pasaba. Me resultaba asombroso que el hombre (hoy tendríamos que decir el ser humano, o las personas, o el hombre y la mujer) llegara a pisar aquel satélite que iluminaba un tanto las noches y que yo tenía, gracias a un regalo, sobre una base de plástico. Ahí podía descubrirse, tras un poco de búsqueda, el famoso Mar de la Tranquilidad, que también extrañamente para mí, no era mar, sino tierra.

Justo ahí, en ese mar sin agua, Amstrong pegó un brinquito antes de sostener aquellas palabras que se volverían famosas: “un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la humanidad”.

Luego le seguiría Aldrin, entonces en plenitud de vida, al que apenas hace unos días vimos cómo, azorado, hacía caras y gestos durante un discurso del actual presidente norteamericano. En la cabina del Apolo, esperando a que sus compañeros regresaran, el tercero de aquellos históricos astronautas norteamericanos: Michael Collins.

La voz de Jacobo Zabludosky lo llenaba todo: “El primer ser humano ha puesto su pie sobre la superficie lunar”, y nada más parecía oírse en los alrededores. “El instante que divide dos épocas, como el negro de un abismo”.

Luego vendrían otras trasmisiones históricas: el reencuentro de los compañeros en el espacio, la caída en paracaídas del Apolo 11 sobre el Pacífico, los rostros de los astronautas tras los vidrios de una cabina donde pasarían su cuarentena…

No he vuelto a vivir, desde entonces un hecho como aquel.

Ahí, en el sillón de la sala de mi casa, con mis padres y algún amigo de la familia compartiendo el momento, el espacio se volvió, por un momento, alcanzable, y la humanidad capaz de asumir el asombro de lo inimaginable.

¿Quién iba a decir entonces, en aquel 20 de julio de 1969, que nos comunicaríamos sin cables, que haríamos del teléfono nuestro inseparable compañero de vida, que podríamos estar comunicados al instante con tan sólo apretar un botón?

Hoy nada podría asombrarnos. O al menos nada con la dimensión y la intensidad de aquel momento en el que mis ojos intentaban encontrar a Amstrong en aquella pequeña pantalla en blanco y negro.

Lo recordé cuando apenas el jueves, cuando el aniversario 48 del acontecimiento se divulgó en los medios de comunicación. Cuánto hemos cambiado desde entonces.