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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

 

Inmerso ya en la cada vez más envolvente mancha urbana, el pequeño templo, con modificaciones que se le han ido haciendo a base de años y necesidades, sigue ahí, incólume, viendo pasar el tiempo y siendo testigo de una transformación inimaginable hace medio siglo.

San Agustín del Retablo es el templo de mi niñez, en el que tuve mis primeros acercamientos con un espacio dedicado a la oración, y donde descubrí el color, el sabor y el olor, de las rancias tradiciones de un país como el nuestro.

Situado en la esquina de la Prolongación Tecnológico con la pequeña calle de Jericó, que conduce al barrio de La Piedad, se levanta su torre; justo frente a donde desemboca la Calzada del Retablo, que viene desde el río, allá donde sus aguas se teñían de rojo por su vecindad con el rastro municipal.

De niño me parecía un templo grande, los domingos siempre repleto de feligreses que asistían a los oficios de rigor, con un par de espacios independientes, pero abiertos, a los costados, y un amplísimo atrio en el frente, donde se desarrollaban los festejos populares, también dominicales, que tenían como aderezo principal el juego de Lotería, cantado con altavoces que inundaban con aquellos nombres de “el negrito”, “la piñata”, o “el catrín”, todos los alrededores.

Su fiesta anual, el veintiocho de agosto, era todo un acontecimiento que mis ojos de niño descubrieron con asombro.

La noche anterior al domingo cercano a esa fecha, una banda recorría las calles de las cercanías con su música característica, atrayendo la compañía de algunos vecinos y espantando el sueño de otros, entre los que me encontraba. Frente a mi casa de niño, los músicos de aquel grupo sostenido en los alientos, solían detenerse a reponer fuerzas en “Las Quince Letras”, tienda y cantina famosa en el rumbo, antes de continuar con su insistente recorrido que anunciaba la inminencia de la fiesta.

Pero lo que más llamaba mi atención era la verbena vespertina y nocturna de esa singular fecha.

Una enorme cantidad de gente llegaba hasta el frente de San Agustín del Retablo, cuyo espacio en el atrio era incapaz de contenerla, para celebrar al santo patrono, y de paso, subirse a los rústicos juegos mecánicos que en las inmediaciones se instalaban, cenar en alguno de los muchos puestos de guajolotes, tostadas y tacos que ofrecían sus productos, y bailar por horas con la música que llenaba el aire en dos kilómetros a la redonda.

La multitud era tal, que cercenaba totalmente la calle de lo que hoy es Prolongación Tecnológico e impedía el acceso vehicular, única posibilidad, por cierto, de llegar hasta mi casa. Por eso era importante siempre prever una fecha como esa de finales de agosto, si no se quería pasar fatigas o dormir en hogar ajeno.

Hace no muchas semanas, aproveché un tiempo libre para visitar aquel templo de mi niñez, llegando hasta ahí desde el histórico Cerro de las Campanas, cruzando una de las calles de La Piedad y recorriendo la de Jericó, en donde alguno de sus negocios de hace medio siglo sigue ofreciendo su servicio.

Redescubriendo San Agustín del Retablo me di cuenta de cómo los ojos de un niño pueden magnificar el tamaño de los espacios. Sí, se trata de un pequeño templo, ahora ya urbano, al que los vecinos cuidan con especial cuidado y cariño.

Supongo que la fiesta, que se sigue celebrando cada año, seguirá siendo multitudinaria, y acaso aún hoy se cercene la calle con gente dispuesta a sumergirse en ese ambiente tradicional de una fiesta popular. A pesar de los cambios, las justas dimensiones y la llegada de la desbordante mancha urbana, en mi alma irremediablemente sólo habrá cabida para concebir a San Agustín del Retablo como ese templo enorme que le dio color a mis días de niño; ése dónde descubrí las tradiciones populares de este rico país.