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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

El recuerdo más añejo que de él tengo se remonta a mi adolescencia, sumergido yo en un pequeño mar de espectadores que en la cancha del PRI veía una representación más de una obra del repertorio corto de teatro clásico español. Paco entonces detuvo el desarrollo de la escena, cansado del desorden de una mayoría de jóvenes espectadores más dispuestos a divertirse a sus propias costillas que a hacerlo con el lenguaje de Cervantes y de Lope de Rueda. Les dijo, recuerdo, que los populares “Cómicos de la Legua” no continuarían con la representación mientras no se callaran.

Lejos estaba entonces de suponer que tendría, años más tarde, una estrecha relación con ese hombre sinónimo de teatro en Querétaro. Lejos también cuando, ya picado por el gusanito de los escenarios, fui a ver un memorable montaje de “Malcom contra los eunucos”, en el auditorio del Colegio Médico, donde él hacía el papel protagónico.

Lo vine a tratar, como digo, algunos años más tarde, cuando recomendado por el recordado maestro Guadalupe Ramírez, me apersoné, abrumado por la timidez, en el recientemente estrenado Corral de Comedias, buscando la ocasión de subir cotidianamente a un escenario.

Paco Rabell entonces se volvió parte esencial de mi vida. Tendría en aquel tiempo unos cuarenta y seis años, cuerda interminable para vivir y una pasión impresionante por el teatro. Dirigía, actuaba, hacía relaciones públicas, buscaba funciones en el mundo, concertaba promociones, visitaba a costureras y zapateros, hacía antesalas gubernamentales, y realizaba llamadas telefónicas buscando público por largas horas. Vivía, en fin, para el teatro.

Esa creo que fue la más importante de sus enseñanzas: la de la pasión; la de volverse obsesivo buscando un fin, la de dedicarle todo el tiempo a una meta concreta, la de atesorar con infinito amor una profesión, una forma de vida irrenunciable. Sólo así se podía alcanzar el propósito de no dejar un solo fin de semana del año, y de los años, sin función teatral.

La primera década de aquella etapa inicial fue intensísima. Hice junto a Paco infinidad de obras, desde montajes clásicos hasta esperpentos, de comedias ligeras a piezas de Shakespeare o de Lope de Vega. Y también, a la par, recorrí con él muchísimos kilómetros de carreteras, subí a los escenarios más insospechados, memoricé los más subyugantes textos, actué lo mismo para gobernadores y ex presidentes que para habitantes de cualquier ranchería del Estado, aprendí a lidiar con públicos difíciles y a disfrutar de los inmejorables… Y sobre todo, por encima de todo, soñé mucho y largo.

De amena conversación, de ideas claras y francas, de un sentido del humor ágil e inteligente, Paco Rabell era, y sigue siendo, un hombre con el que se pueden compartir largos ratos sin avizorar el tedio; sus anécdotas, siempre miradas desde la visión optimista de un humor blanco, podrían llenar libros, y junto a él, la vida, desde la perspectiva de su visión práctica, parece siempre mucho más fácil.

Aquellos primeros diez años de trabajo compartido no fueron los únicos que he podido vivir con Paco, pero sí los más intensos. Nada había entonces más allá de los límites del teatro y sus circunstancias, y al interior de esos límites nos movíamos un grupúsculo de locos dispuestos a desdeñar cualquier otra oportunidad que nos obligara a cruzar la frontera de esa nuestra pasión teatral, de ese nuestro mundo alrededor siempre de un escenario y de las historias que religiosamente contábamos cada fin de semana. Y todo, en buena medida, debido a la firme e inamovible actitud del jefe del clan Rabell.

El otro día vi a Paco Rabell fotografiado al final de una representación más de “Se casó Tacho con Tencha la de ocho”, el mayor de sus éxitos escénicos, del que ya no formé parte. Cumplía aquella noche ochenta y dos años.

La vida le ha cobrado factura en el color de su pelo y en lo ágil de su paso, pero me pareció adivinar en su rostro, en su sonrisa, lo incólume de su pasión. Ya no sube al escenario con tanta frecuencia, pero asiste a cada una de las funciones y las observa, sentado en alguna de esas sillas que consiguió por los caminos del país y que sirven de apoyo al singular lunetario de su Corral de Comedias, como si fuera la primera vez que ve la obra en turno, con la misma ilusión y con idéntica reacción a sobre lo que el escenario proporciona. Porque si Paco Rabell supo siempre ser un buen actor, es también un extraordinario espectador, incapaz de denegar la posibilidad de ver una obra de teatro, así la haya visto cien veces.

Rabell ha dedicado la mayor parte de su vida al teatro. A hacerlo, sí, pero también a leerlo, a disfrutarlo, a coleccionarlo en papel y en memoria. Rabell es uno de esos seres humanos que resultan indispensables en algún ámbito. Su sorprendente pasión dio paso y ocasión a que los queretanos, de cuna o de vecindad, sintieran al teatro como parte de sus vidas. Porque, me pregunto, ¿cómo podría explicarse, o contarse, la historia del teatro queretano, sin Paco Rabell? ¿Cómo podría explicarse también mi vida sin su ejemplo y su acicate?

Felices ochenta y dos, Paco.

Acotación al margen

La semana anterior cometí un imperdonable error cuando le comentaba, en estas mismas páginas, la atractiva oferta de exposiciones que estos días vive Querétaro. Confundí la muestra pictórica que se exhibe actualmente en el ex convento agustino, convertido en bello Museo de Arte.

Y es que la exposición que ahora puede descubrirse se llama “Rostros y tradiciones de México”, que alberga piezas originales de autores tan destacados como Nishizahua, Coronel, Siqueiros, O’Higgings, Orozco, Morales o Chávez Morado.

El resto de las exposiciones citadas en mi columna anterior son, efectivamente, las relatadas, y todas, como dije, constituyen un gran atractivo.

Le ofrezco una disculpa sincera, estimado lector.