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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Aquel día en el que Miguel el árabe se derrumbó en el piso de la emblemática cafetería La Flor de Querétaro, abatido por una bala que le quitó la vida, se marcó indeleblemente en el historial cotidiano y social de una ciudad, que por entonces, era lo suficientemente pequeña como para conocer a los protagonistas de aquel episodio.

Era un Querétaro distinto, tradicional, plagado de costumbre y creencias, para cuya sociedad un hecho así necesariamente marcaba un antes y un después, y serviría de alimento a las conversaciones cotidianas de la gente por mucho tiempo.

Luego vendrían otros acontecimientos violentos que marcarían igualmente sus fechas de realización, y sobre todo, servirían de referente a los habitantes de una ciudad caracterizada por la tranquilidad y las habladurías. El más relevante de todos, sin duda, aquel que protagonizó Claudia Mijangos, quitándoles la vida a sus pequeños hijos en su casa de Jardines de la Hacienda.

Aquel filicidio representó un golpe inolvidable en la conciencia de los queretanos, y una historia que éstos siguieron atentos en las páginas de los dos periódicos locales, únicos medios de comunicación por entonces, desde el sangriento e incomprensible hecho mismo, hasta las consecuencias legales que aparejó.

Años antes, el secuestro de Pablo Meré, entonces Pablito Meré, fue otro acontecimiento de la página roja que acaparó las conversaciones, las interrogantes colectivas y las conjeturas sobre su paradero. De hecho, hasta su desenlace, el asunto también derivó en una intensa lucha por obtener primicias noticiosas entre esos dos periódicos hoy tradicionales, uno de los cuales apenas había nacido por entonces.

Todavía cuando el siglo veinte estaba a punto de expirar, el asesinato de una jovencita a manos de lo que la sociedad queretana dio en llamar “darketos”, causó escozor, acaparó por semanas los titulares noticiosos, y conllevó los dimes y diretes propios de una ciudad de la llamada Provincia, aunque Querétaro para entonces ya mostraba su vocación de crecimiento galopante e irremediable.

Pero los tiempos que hoy corren parecen ser distintos. La vida en una metrópoli como la nuestra camina más aceleradamente, y las noticias, así sean de este lamentable tipo, se hacen viejas en horas, gracias, sobre todo, a las redes sociales, hoy canales de comunicación, o incomunicación según el caso, por excelencia.

Asesinatos de gente por demás conocida, suicidios que otrora serían sonados, y hasta filicidios como el de hace unos días en San Juan del Río, apenas duran en el ambiente unos cuantos días. Difícilmente serán recordados por esta generación como, en su tiempo, lo fueron los casos de Miguel el árabe, Claudia Mijangos, o incluso los “darketos”.

Quisiera creer que ello se debe, efectivamente, a esta vida atrabancada que la modernidad nos hace vivir; a esta vorágine de acontecimientos disímbolos de los que nos enteramos apenas todos los días; a esta magnitud de urbe y de sociedad, que ha dejado de ser compacta a fuerza de crecimiento constante.

Porque sería muy triste sospechar que la muerte de un ser humano, conocido o no, representara menos que antaño. Sería aterrador suponer que esta naturalidad con la que hoy abordamos la tragedia en el día a día, es producto de un desgaste deshumanizador de la sociedad en la que vivimos.