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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Dicen los que vivieron, que don Fernando Díaz Ramírez, el popular “Chayote”, se acercaba en persona hasta el céntrico Cine Plaza, distante apenas unas cuantas cuadras de las instalaciones de la Universidad, para buscar a los alumnos faltantes a las vespertinas clases. Aseguran que entraba, en la oscuridad de la sala, e interrumpía la película para vocear los nombres de los faltistas, quienes, uno a uno y ruborizados, iban saliendo de la penumbra para conjuntarse en el vestíbulo de edificio hoy desaparecido, y ya regañados, subir un tramo de la loma del Sangremal hasta la antiguas posesiones jesuitas y retomar, sin remedio, la agenda universitaria del día.

Entonces Querétaro era una ciudad pequeña, apacible y recatada, donde todos se conocían, y donde resultaba casi imposible pasar desapercibido; donde una pinta, teniendo a don Fernando de rector de la institución educativa, era un acto que no podía tener un final feliz.

Personaje insubstituible del Querétaro de entonces, el “Chayote” marcó con tinta indeleble la historia de la Universidad, y no sólo de ella, sino también de la ciudad entera y hasta del Estado, pues tras su largo, y al final controvertido, paso por el Alma Mater queretana, se hizo notar, entre otras cosas, por su tarea como jurista, encabezando en su momento el Tribunal Superior de Justicia.

De esa etapa son mis recuerdos más claros de ese personaje entrañable, de voz carrasposa y pelo recortado y completamente cano; de poca alzada física y muy larga intelectual, que tenía su notaría, y su amplísima biblioteca, en la antigua calle del Biombo, que hoy se llama 5 de Mayo. Parece que aún lo veo, echando al aire algunos minutos de su día, en el balcón de la casona donde estaba su oficina jurisdiccional, en Pasteur y la misma 5 de Mayo, atusándose el cabello como un  detalle característico y cotidiano de su estilo, y mirando a la distancia, hacia el Jardín Zenea, mientras seguramente pensaba en algún caso difícil de resolver.

Tuve el privilegio de ser la última generación de abogados a la que don Fernando le dio clase, en la misma Universidad que dirigió, pero ya en las instalaciones del histórico Cerro de las Campanas, donde una Escuela de Derecho tenía muy poco tiempo de haber sido erigida. Ahí, sentado tras el escritorio del aula, también atusándose los cabellos, se jactaba de ponerles un fácil diez a las compañeras guapas, y un complicado y sufrido siete a las menos agraciadas, por aquello de que, según aseguraba, “tú no te vas a casar y vas a tener que litigar”.

De amplia cultura, Díaz Ramírez fue también un experto en materia de historia, particularmente queretana, especialidad que investigó siempre y de la que escribió libros, complementando con ellos una de las bibliotecas más importantes de Querétaro. De ahí la gran controversia que se suscitó cuando, ya fallecido, su hijo la vendió a una institución extra fronteras.

También lo recuerdo en los toros, en la Plaza Santa María, donde por cierto sufrió un accidente, al subir o bajar el tendido, que alarmó por su gravedad, y sobre todo lo recuerdo a través de esa su voz inconfundible y nada discreta, que salía siempre de detrás de los cristales de su céntrica notaría.

Por muchos años, el Colegio Civil primero y la Universidad después, fueron una sola cosa con don Fernando; esta institución no podría entenderse sin esa su pasión que le hacía suplir a los maestros ausentes, fuese la materia que fuera la que impartieran, ni ese su estilo tan particular y heterodoxo con el que la dirigió por tanto tiempo. Su voz llamando a los alumnos de pinta en la oscuridad del desaparecido Cine Plaza sonará por siempre, porque marcó toda una época y representó una forma de ver la vida que se tatuó para siempre en el alma de muchos.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Hace un año moría Ignacio Padilla, uno de los escritores mexicanos contemporáneos más prolíficos y exitosos, además de personaje entrañable que eligió a Querétaro para vivir el resto de una vida que, por desgracia, fue demasiado corta.

Desde aquí, un recuerdo entrañable para él.