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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Debía de ser 1987 cuando, armado con libreta y pluma, toqué la puerta de aquel camerino, en un auditorio Josefa Ortiz de Domínguez que aún parecía oler a nuevo. El nervio en el alma, la voz pequeña y las preguntas repetidas con insistencia en el camino.

Afuera, el amplísimo lunetario empezaba a llenarse ya por un público atraído por la publicidad de una de las obras emblemáticas de Federico García Lorca, llevada en esta ocasión a escena por la Compañía Nacional de Teatro, dirigida por el por entonces ya mítico José Solé.

La puerta del camerino destinado a la actriz protagónica, la Bernarda lorquiana, se abrió sin intermediario. Ahí, vestida ya del negro riguroso de la historia, la actriz me franqueó la entrada y me ofreció una silla, mientras esbozaba esa sonrisa particular, hasta pícara, que le caracterizó siempre.

No dejó de hacer sus tareas ante la charla, sino que éstas fueron el aderezo a una plática alrededor del teatro y de su vida en escena. Se peinó y se maquilló frente al espejo de su reducto tras bambalinas, mientras contestó sin tapujos a todas mis interrogantes, con una sencillez que no podía pasar desapercibida.

Durante la charla con aquella mujer de trato directo, transparente y seguro, me empezó a dar vueltas la inquietud de estarle quitando un tiempo valioso para esa concentración de la que siempre hablan los actores, ésa sin la cual resulta un peligro salir a escena. Tres veces intenté despedirme sin éxito; ella parecía contenta con la charla y dispuesta a mantenerla, pese a que la primera y la segunda llamada habían sonado ya en los altavoces.

Tímidamente le sugerí que debía retirarme, pues seguramente requería de un tiempo para concentrarse. Sonrió abiertamente ante el comentario y siguió platicándome de su vida, del teatro, de México y lo que representaba para ella. Luego, cuando el inicio de la obra era ya inminente, me pidió que la acompañara, mientras seguía charlando, hasta el mismísimo preámbulo físico del escenario, apenas amparados por una de las piernas de tela negra que permitían el desahogo.

Luego la despedida, rápida pero afectuosa, y la salida a escena. Todavía ahí, entre las bambalinas del Josefa, escuché sus primeros parlamentos, y recordé a don Miguel Córcega, de quien decían sólo le bastaba un segundo, una rápida inhalación, para convertirse en el personaje que debía representar.

Casi sin saberlo, aquella noche había tenido la invaluable oportunidad de mirar el lado más humano, más íntimo, de una leyenda de los escenarios españoles, argentinos y mexicanos; la protagonista de la primera versión de El Hombre de la Mancha, la primera española en cantar en la BBC de Londres, la ganadora del Premio Nacional de Teatro y de la Medalla de Oro de Bellas Artes en su país natal, la que se había impuesto el apellido de la poetisa a la que admiraba su madre. La niña, en fin, que había nacido, en la cuna de una familia humilde, en las cercanías de la Gran Vía madrileña.

Natividad Macho Álvarez, como conmigo en esa ya lejana noche en aquel camerino queretano, nunca tuvo recato alguno en decir lo que pensaba, en declararse “derechosa” y monárquica; dominaba como nadie la dicción en los textos de los grandes clásicos, y poseía esa enorme capacidad interpretativa que le permitía salir a escena apenas después de despedirse, tras una de las piernas del escenario, de un reportero cualquiera.

Fue la única vez que platiqué con ella (la vería años más tarde, desde una butaca, en otra puesta en escena en su ciudad natal), pero no olvidé nunca aquella experiencia. Quizá por eso sentí un rasguño en el corazón cuando leí la noticia, apenas hace unos días: Nati Mistral había muerto, en la misma ciudad que la vio nacer, a los ochenta y ocho años. Era una grande, muy grande, de la escena.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Conocí a Luis Cevallos hace ya muchos años, cuando yo trabajaba en el Tec de Monterrey y él, presagiando su vocación política, era líder estudiantil. Luego lo reencontré cuando el destino lo colocó, por unos meses, como Presidente Municipal de esta bella ciudad.

A pesar de los años transcurridos, Luis no parecía haber cambiado. Era el mismo muchacho pleno de paz, dispuesto y sonriente. Acaso esta vez esa sonrisa llevaba la carga de quien había aprendido a diferenciar lo importante de la vida.

Lamento, como tantos otros que lo conocieron y apreciaron, su partida.