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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Era un gato negro y tenía un nombre, o al menos el nombre que mi padre le había asignado arbitrariamente y que el tiempo ha borrado de mis recuerdos. Y fue también el primer símbolo que conocí de eso que llaman libertad.

Por entonces yo era un niño que tenía como patio de juegos una enorme fábrica de harina (el Molino El Fénix), donde lo mismo libraba una solitaria guerra entre pilas de costales de salvado, parodiando lo que veía por la noche en la televisión en blanco y negro, que mantenía un imaginario y dominguero partido de futbol en una amplísima cancha de concreto que colaboraba, el resto de la semana, al paso franco de camiones cargados de trigo.

De entre los variados animales con los que en ese entonces tuve contacto, y que iban desde los perros hasta las gallinas y las cabras, aquel gato, negro de color y amante del descanso al sol, significó una atracción especial.

Vivía en casa (una de las dos al interior del molino) por temporadas, comía opíparamente de lo que mi madre le daba de los restos familiares, seducía a alguna de las gatas en celo, y sobre todo, dormía plácidamente durante el día. Era, por decirlo de algún modo, un gato tradicional.

Pero sólo por temporadas, porque otras desaparecía de manera intempestiva, pero siempre previsible. Se ausentaba de lo que podía considerarse su hogar de descanso e irremediablemente emprendía renovadas aventuras en sabe Dios qué parajes lejanos. Todo por el ferrocarril, del que era un experto usuario.

El entrañable gato aquel (lamento tanto no recordar el nombre impuesto por mi padre), cualquier día, o cualquier noche, se trepaba a alguno de los vagones que al interior de la fábrica había descargado su contenido en las tolvas, se acurrucaba en algún rincón y emprendía el viaje a lo, al menos para mí, desconocido.

No sé con qué criterios el viejo gato negro escogía el vagón de su partida, ni donde tomaba el de su regreso, pero el hecho es que se iba sin decir adiós, y luego, semanas o incluso meses después, regresaba en otro vagón, éste cargado de trigo, para apearse tranquilamente y acercarse a casa, maullando a modo de reclamo de alimento, para después dormir tranquilamente en el portal.

¿Hasta dónde viajaba? ¿Cómo sabía, si lo sabía, a dónde llegaba? ¿Cuál era la señal de que debía partir y en qué momento? Y sobre todo: ¿cómo descubría el vagón exacto que lo traería de nueva cuenta a casa, o más propiamente dicho, a una de sus casas? Todas ellas fueron interrogantes que nadie pudo responderme y que se quedaron para siempre, como tantas otras cosas de la vida, en el cajón de las preguntas sin respuesta, por más que por mi mente infantil de entonces imaginara historias de aventuras gatunas y parajes lejanísimos y extraños.

El caso es que aquel viejo gato negro fue mi primer contacto con un ser libre, absoluta y avasalladoramente libre; sin presiones de horarios, ni necesidades apremiantes; sin dueños ni afectos lo suficientemente fuertes como para atarlo.

En ese gato específico de mi niñez me acordé cuando, ya hace algunos años, Hugo Gutiérrez Vega me comentó en una entrevista su idea de que todos los políticos debían de tener un gato para aprender de libertad; de cómo un animal de las independientes características del gato podría orientarlos sobre las libertades de las que debían gozar, por las que siempre pelearán, sus gobernados.

Sí, un gato, con su natural independencia, con su siempre presta capacidad libertaria, puede ayudar a entender la compleja, y no siempre asimilada, tarea de gobernar a otros.

Será por los informes, o por los trenes, que han sido lamentablemente noticia estos días, por lo que me acordé de aquel gato negro de mi niñez. ¿Cómo fue cómo lo bautizó mi padre?