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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

La verdad es que poco recordaba al Chamula, pero abrevando del recuerdo de otros he acabado por recordarlo bien. Personaje ineludible del Querétaro del ecuador del siglo veinte, pregonaba las ofertas de La Luz del Día cuando la mercadotecnia vivía su edad de piedra y los Oxxos y los Wallmart eran inimaginables.

Frente a la famosa tienda de abarrotes de la céntrica calle de Juárez, el Chamula, armado de un sencillo cucurucho que hacía las labores de un altavoz, atraía a la clientela que acudía al viejo mercado Pedro Escobedo para realizar su mandado. Su espigada figura a la altura de los varios vanos que permitían el acceso a la tienda, instalada donde un día llegaron las monjas clarisas por primera vez a la incipiente ciudad, formaba parte ya de la escenografía de aquel Querétaro que se nos acabó yendo.

Yo debía verlo los sábados, cuando acudía con mi madre a realizar las compras de la semana y me adentraba de su mano a aquel porfiriano recinto del Escobedo para recorrer, de puesto en puesto, sus entrañas; en ellas, por cierto, me perdí una mañana, seducido por los colores y las formas del producto que ofrecía un globero.

En la acera de enfrente, sobre la fachada de un histórico inmueble que, con el tiempo, se convertiría en mueblería y también en cafetería, el Chamula gritaba las ofertas del día, tal y como lo hacían otros comerciantes ambulantes que, en bicicleta o cargando cestos, buscaban clientes a fuerza de pregones.

Pero un día el mercado Pedro Escobedo se convirtió en plaza, su subsuelo se volvió estacionamiento, y su entorno se transformó por completo. El Portal Bueno acabaría por expulsar a su botica, a sus tiendas y a sus músicos de bolero, para volverse restaurantes; La Pluma de Oro, queretanísima papelería, dejaría de funcionar, como otros tantos negocios de los alrededores, y La Luz del Día se mudaría e iniciaría su inevitable proceso de extinción.

Y el Chamula jubilaría primero su cucurucho parlanchín, y desaparecería después para siempre, quedándose tan sólo en forma de nebuloso recuerdo, de guiño nostálgico, de fantasma acaso difícil de imaginar.

Hoy, en este galopante siglo veintiuno, compramos el “super”, que ya no el mandado, en Walmart, en Cotsco, en Chedraui, o en Superama, y de la figura del Chamula apenas queda un dejo cuando en las tiendas de llantas, o en las gasolineras, potentes y molestos equipos de sonido nos regalan música y pregón, mientras una chicas en minifalda, en nada parecidas a nuestro personaje de antaño, bailan con mal ritmo y simulan no darse cuenta de las miradas insistentes de los transeúntes y automovilistas.

El Chamula, o el ser humano que le daba vida al personaje, debió morir hace mucho. Murió sin que esa clientela a la que le recetaba la importancia de ir a La Luz del Día se enterara, ni reparara jamás en su nombre de pila. Una sociedad por cierto, que apenas se enteró ya de que hoy Querétaro es otra muy distinta ciudad a aquella donde el Chamula encontró una muy curiosa forma de subsistir.