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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Lo que el pueblo, el ciudadano de a pie, hace propio, es muy complicado de modificar. Así es en muchos casos, y supongo que así debería ser siempre.

Ejemplos de esa apropiación ciudadana hay muchos, tanto físicos, como de costumbre y referencia, según se puede apreciar en estos pocos, pero variados, ejemplos.

Dos esculturas citadinas, de muy distinta marca y firma, aunque unificadas en su controversia inicial, se han apropiado, pese al aún poco tiempo de su llegada, en referentes, en mayor o menor medida, inamovibles. Uno es el caso de la escultura de Leonardo Nierman, en acero inoxidable, que un día vino adornar el atrio de San Agustín, y el otro es el del conchero concebido por Juan Velasco Perdomo e instalado en la desembocadura de la calle de 5 de Mayo en Corregidora.

De la primera hasta se hicieron apuestas del tiempo que permanecería en tan céntrico y visible lugar, frente a una de las portadas barrocas más bellas de la ciudad, una vez concluido el mandato del gobernador Ignacio Loyola, quien ahí determinó su ubicación, aduciendo quien a la ruptura de estilos que su presencia significaba, y quien a la calidad de factura de dicha escultura. El caso es que ahí sigue, pese al paso del tiempo y de las administraciones públicas, formado ya parte de un paisaje citadino aparentemente asumido por la población.

La otra, la del conchero, también fue colocada por Loyola e igualmente tuvo sus detractores, principalmente entre la élite de los creadores artísticos, quienes la consideraron un tanto desproporcionada al entorno. Recuerdo, por ejemplo, que José Luis Cuevas la criticó acremente cuando vino a inaugurar la exposición temporal de su obra que en los alrededores fue instalada. Ahora nadie puede negar que el conchero de Velasco es un referente inevitable de la ciudad, motivo para la selfie, para el recuerdo de visita, para el orgullo de danzantes, y hasta para, como se vio hace unos días, servir de escenario idóneo para declarar a las danzas y las tradiciones concheras como patrimonio cultural de la ciudad.

Pero a veces el poder político se olvida de estas preferencias que su pueblo tiene por las cosas, así no sean tan añejas. Uno de los ejemplos más visibles y cercanos de ello fue el retiro de las esculturas de los llamados “toritos” de su sitio de décadas, para colocar ahí una estatua de don Andrés Balvanera, acaso por la cercanía con la Normal del Estado que lleva su nombre. Para el retiro no contó que todo el entorno de la zona estaba, y sigue estando, referenciado precisamente a los toritos, y éstos formaban ya parte de la cotidianidad de una sociedad que, acaso por su desbordante crecimiento, acabó por pasar por alto el hecho.

Particularmente siempre me ha llamado la atención que los queretanos no hayamos defendido lo suficiente la permanencia de los toritos en la conclusión sur de Corregidora, al lado de la colonia Burócrata, como sí lo hicimos con el cambio de dirección de la escultura ecuestre de don Ignacio Pérez en el paso de la misma calle con el río, que venía en vez de ir, aludiendo a aquella noche en que el héroe nacional cabalgó rumbo a San Miguel el Grande para informar que la conspiración independentista había sido descubierta. Sinceramente me parece más pecado lo primero que lo segundo.

Así como la pintura de un indígena en las cortinas de una tienda le dieron nombre a una calle, la del “Indio Triste”, y así como unas piedras sonoras le dieron nombre a un cerro, el de las Campanas, los toritos le dieron nombre a un lugar. Así, justo así, como el conchero de Velasco es ya referente, punto de ubicación, motivo de recuerdo y hasta de orgullo. La ineludible parte intangible de las cosas físicas.