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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

¿Dónde quedó Frida Sofía? ¿Cómo fue que nació sin haber nacido, y cómo se murió sin haber muerto? ¿Cómo y porqué puede surgir un mito así, de tales proporciones, en mitad de una tragedia descomunal?

Todos acaso tenemos necesidad de ponerle nombre a nuestras desgracias, de centrarlas en una persona y depositar en ella nuestras esperanzas. Todos queremos encontrar en un nombre aquello que, de tan traumático, no lo tiene, ni lo tendrá nunca, porque, en la cruda realidad, ¿qué nombre le ponemos a la tragedia?, ¿de qué asidera nos tomamos para seguir avivando la esperanza?

Los terremotos que asolaron a nuestro país hace unos días (hay que recordar que fueron dos de consecuencias fatales y no sólo aquel que pegó en donde más repercusión mediática puede tener), nos tendrían que dejar varias enseñanzas, que ahora se asoman entre dimes y diretes, noticias inventadas, cadenas infundadas, anónimos sacrificios, y un genuino, y alentador, deseo de aportar ayuda.

La tragedia desencadenada por los sismos han traído a México, como si de réplicas se tratara, lo mejor de los mexicanos, pero también, aunque sea en un porcentaje menor, lo peor. Esto último representado en robos, saqueos, engaños, cajitas con logo oficial, retención siniestra de víveres, posicionamiento de imagen pública, o fotografías al momento, fugaz y demagogo, de la ayuda.

Lo mejor: esa solidaridad sin límites capaz de convertir a un anciano en cargador de cascajo, a un niño en rescatista, a una señora en cocinera pública, a un albañil en topo, a un dealer en transportador de médicos en motocicleta, a un taquero formal en callejero y gratuito. Ese repudio generalizado a un sistema de gobierno que, en condiciones normales, mantenemos sin apenas chistar, y que, bien se ve ahora, en realidad nos tiene hasta las narices.

Lo mejor también, esa sensación de auténtico nacionalismo, que deja en ridículo los patrioteros gritos del quince de septiembre, y se vuelve silencio ante un puño levantado o lágrima ante las estrofas de un himno, sobadas y repetidas hasta el cansancio los lunes o viernes primeros de mes.

Y sobre todo, por encima de todo, esos sismos devastadores y crueles, nos dejan esperanza. Esa esperanza de que de verdad todo cambie, de que aprendamos al fin de las lecciones de la tragedia, de que mantengamos, firmes, la convicción de limpiar, de una vez y para siempre, esa cloaca que hemos permitido crecer no sólo en los ámbitos del poder, sino en la cotidiana forma de llevar la vida.

La esperanza de encontrar con vida a esa Frida Sofía que todos mantenemos adormilada, bajo alguna losa de duro concreto, en un rincón del alma.