imagotipo

Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Aquella noche de 1984 llovía copiosamente sobre la capital veracruzana, enmarcando la cita anual de los teatristas que, en su muestra nacional, discutían sobre el quehacer escénico en el país, convocados por aquel promotor cultural de excepción que fue, que es, Ramiro Osorio. Sobre la lona que cubría el patio del Palacio de Gobierno, improvisando un escenario más de representación, el agua se había acumulado peligrosamente y, al cabo de los minutos, lo irremediable acabó por llegar: la fuerza fue tal que rompió de improviso la lona, dejando caer sobre el escenario una fuerte cascada de fría agua de lluvia, justo en el momento preciso en el que el Comendador, convertido ya en estatua de camposanto, tomaba la mano de un arrogante don Juan que hasta ahí había llegado para enfrentarlo.

Los brillantes textos de Tirso de Molina habían propiciado esa pausa teatral que obligaba a la acción muda del estrechar manos de ambos personajes, con el consabido estremecimiento del villano protagonista de El Burlador de Sevilla, y la naturaleza hizo el resto. Aquella escena arrancó de los espectadores, tan fríos como pueden ser cuando son mayoritariamente teatristas, un rumor que mediaba entre la admiración y el susto, un ruido que salió irremediablemente, acompañando al de la cascada, de la boca de un público sorprendido y hasta maravillado por la coincidencia.

Yo, que hacía el Don Juan, intenté todavía seguir con mis textos, los últimos de esa obra inmortal del gran Tirso, pero la mano, fuerte y segura, de Paco Rabell, convertido por azares de la ficción en la estatua del Comendador, apretó la mía, en una lección práctica y emergente de teatralidad. No podía haber mejor final que ese de la cascada cayendo con fuerza sobre los personajes; sobraban los textos subsecuentes y hasta el propio autor muy seguramente estaría de acuerdo con ello. El silencio se hizo tan profundo, la pausa tan dramática y larga, que el técnico en curso también comprendió la lección y acometió con un “black out” que arrancaría los aplausos finales.

Paco, aquella noche en Xalapa, me había dado una de tantas lecciones de lo que era actuar, de lo que representaba estar un escenario y aprovechar en él cualquier circunstancia. Me había enseñado que todas las acciones tienen que tender al beneficio de la obra misma, de la puesta en escena, más allá de los posibles lucimientos personales.

Me acordé de aquella noche xalapeña, de aquella anécdota de las muchas que viví al lado de un personaje de la escena como es Paco Rabell, al ver las fotografías donde aparece, apenas el viernes pasado, celebrando su cumpleaños ochenta y tres mientras asistía a la representación de Fuente Ovejuna, una puesta en escena que él propició tras ver los resultados artísticos de su director en España, y que le mereció a la compañía del Corral de Comedias de Querétaro altos reconocimientos y la oportunidad de recorrer el país y de abrir los escenarios más importantes de la capital mexicana.

Como aquella, aprendí otras muchas cosas de Paco Rabell a lo largo nuestra relación en torno a un escenario teatral, sobre todo en aquellos tiempos en que él había iniciado la aventura de convertir su casa en el primer teatro privado de Querétaro, y yo me había acercado tímidamente y con la recomendación del Lic. Guadalupe Ramírez, a buscar la oportunidad de dedicarle mi tiempo a esa pasión teatral apenas descubierta. Y es que muchas cosas se pueden aprender de un hombre que dedicaba su vida, en cuerpo y alma, a la actividad teatral, desde la venta de funciones hasta la organización de giras internacionales; desde la interpretación de personajes, hasta la despedida de mano a cada uno de los asistentes a la representación en turno.

Pero sin duda, lo más valioso que aprendí de Paco Rabell, aunque lo olvide tantas y tan lamentables ocasiones, es la pasión por la vida y por lo que se ama hacer; esa inmersión total en la aventura de vivir lo que se quiere vivir, sin importar las vicisitudes del camino. Aprendí de aquel Paco que hoy alcanza más de ocho décadas de vida, que la felicidad es el camino y no la meta.

Estrecho su mano a la distancia, como aquella noche lluviosa en que, en Xalapa, sostuvo él con fuerza la mía, y con un apretón me dio la indicación de que la representación había terminado de la mejor manera posible, bajo una imprevista y fría cascada, al compás de un murmullo de gente maravillada.