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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Una pequeña cajita metálica contenía el teléfono negro, y ésta estaba sujeta, según recuerdo, al poste metálico de la luz pública de aquella ciudad apacible. Cuando el timbre del teléfono repiqueteaba, alguno de los choferes, hasta entonces inmersos en alguna amen charla, se aprestaba a contestar, para luego, con la rapidez que los tiempos marcaban, subir a uno de aquellos automóviles largos, de lámina dura y defensas a prueba de choques, y salir a su destino. Eran, efectivamente, los coches de sitio, o de alquiler, mucho antes de que la palabra taxi fuese común en el vocabulario cotidiano.

De entre aquellos “sitios”, donde los coches aparcaban a la espera de algún cliente que por ahí llegara para alquilarlos, o de la llamada que urgiera su presencia en algún punto, a mi memoria vienen aquellos instalados en Allende, frente a la Fuente de Neptuno, o en Corregidora, esquina con Madero, ahí donde San Francisco y el Jardín Obregón eran vecinos.

Por entonces, cuando los sesentas vivían sus mejores momentos, no se daba el auge de los taxis recorriendo las calles en busca de pasaje, sino que estos automóviles de viejo formato y conductores conocidos, esperaban pacientes, en su sitio, la solicitud de quienes hacían uso de sus servicios.

Y estos clientes habituales de los coches de alquiler, o de sitio, eran regularmente más pudientes, o con más prisa, que los muchos que utilizaban el transporte público, que cubría la ciudad con paradas en lugares donde no existían bancas, ni mayores señalamientos, ni por supuesto, anuncios en pequeñas pantallas de leds. Los camiones de entonces, en donde todavía se podía descubrir a algunos varones cediendo el asiento a las damas, recorrían las estrechas calles citadinas, mayoritariamente empedradas, deteniéndose de dos en dos cuadras. Con nostalgia viene a mi memoria ahora mismo el enojo de mi madre cuando le cambiaron la parada de la esquina de Hidalgo y Allende, donde estaba la tienda de ultramarinos donde compraba, a la de Capuchinas, lo que la obligaba a caminar una cuadra.

Hoy, ese mundo de coches de sitio y de camiones de pasajeros que no intentaban ganarle la carrera a otros, ni se estacionaban en doble fila, es obvio que ya no existe, ni sus tiempos volverán jamás. En estos días incluso los taxis avizoran su final con la llegada de nuevas y tecnológicas formas de alquiler de traslado, y el transporte urbano es un caos que nadie ha podido aún organizar con coherencia, y que en el famoso Qrobus tiene la esperanza de un inicio de salvación.

Ese Qrobus con modernas y techadas estaciones que correrá, entre otros sitios, por la hoy conocida como Avenida Constituyentes, que en las épocas de los coches de sitios era carretera. Ese Qrobus que pasará del centro al costado, en actos de aparentemente complicada maniobra, y que contará con un carril confinado.

Son los tiempos que corren. Hace mucho que los camiones aquellos fueron dados de baja, y todavía más que los teléfonos negros de la cajita metálica en los postes de luz dejaron de sonar para siempre.