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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Mis vecinas solían aparecer con una en sus brazos. O roja o verde, pero de idénticas formas redondeadas y carmín en los cachetes, sujetadas sus extremidades al tronco con cordones blancos.

Para cuando las muñecas de mis vecinas aparecían, yo ya estaba sobre un brioso corcel de carrizo, apenas identificado como tal por su cabeza de cartón y su abundante crin de peluche espeso. Acaso también sobre el rostro ya portaba una olorosa máscara de diablo, sujeta a la nuca por un resorte.

Aquellos juguetes de mi niñez duraban pocas semanas, siempre y cuando se cuidaran del maltrato, y sobre todo, se guarecieran del agua, elemento que necesariamente los deformaba al contacto. Eran propios de una época concreta del año; compras económicas en el tianguis de Todos Santos, instalado en las inmediaciones del Mercado Escobedo.

Y no eran los únicos: También podían aparecer por ahí los pequeños ataúdes de madera pintada de negro, de donde aparecía, sorpresiva siempre, una calavera de yeso y con cuello de alambre hecho resorte, luego de accionar el elemental dispositivo correspondiente. O las calaveras del mismo material, que temblaban colgadas en cualquier sitio; o aquellos boxeadores incansables de madera que se tundían a golpes mientras su frágil mecanismo lo permitía.

Para cuando aquellos juguetes entraban en uso constante, seguramente ya habíamos consumido el azúcar de cualquiera de las calaveras blancas con ojos de papel de color que lucían en su frente nuestro nombre, jugando con nuestra propia muerte, y de paso comiéndonosla.

A mi mente vino de pronto, como si los años no hubiesen pasado en tal cantidad, el olor de aquel cartón que depositaba frente a mi rostro, la sensación de resorte sobre la nuca, la visión limitada por entre aquellas comisuras que no se ajustaban del todo a mis ojos. Vino el sabor del azúcar, el sonido del carrizo sobre suelo al galopar, la visión de aquel cráneo saliendo del ataúd repentinamente.

Y es que el otro día, aún sin llegar el ecuador de octubre, caminando descubrí ya un par de casas con arreglos de lo más extraños: Calabazas de diversos tamaños y luz interior, fantasmas volátiles, personajes lúgubres, figuras de murciélagos recortadas en papel.

Entendí, de los moradores de esas casas, una gran ilusión por el Halloween; tan grande como para no ser paciente, y al tiempo pensé lo ilusionante que sería volver a aquellos tiempos en los que tanto representaba el tianguis de Todos Santos. Me subí entonces en un imaginario caballo de cartón y carrizo, me coloqué una máscara roja de diablo de largos cuernos en el rostro, y emprendí el galope por las llanuras de aquella niñez que no volverá.