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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Aquella mañana de los últimos años de un siglo, el veinte, que expiraba, en mi imaginación se fraguó la imagen de una tragedia: la ciudad tapizada, aquí y allá, de espectaculares publicitarios anunciando todo lo posible, como si estuviera transitando por el entonces, como ahora, saturado Periférico capitalino. La ciudad, nuestra ciudad, secuestrada por anuncios de grandes proporciones que nos impedían a los queretanos arrobarnos con nuestros tradicionales crepúsculos a fuerza de estorbos publicitarios.

La imagen de una catástrofe así me la impuso de pronto el entonces titular de la Secretaría de Obras Públicas Municipales de la primera administración en la historia de color azul en la capital queretana, ésa que acababa de clausurar unos cuantos espectaculares en la prolongación de la Avenida Constituyentes, hacia la salida a Celaya, años antes de que se transformara en Paseo. Él, un tanto airado por la pregunta que le había hecho desde mi silla de conductor del noticiero de televisión matutina de TVQ, sobre los porqués de las clausuras, me espetó al aire: “¿O quieres que Constituyentes esté como el Periférico?”

Había en la voz del funcionario, además de ese tonillo de molestia que le caracterizaba ante las contrariedades, lo que parecía un auténtico interés por la ciudad, un deseo de mantenerla lo más libre posible de esa contaminación visual que abonaba afectos a base de rendimientos económicos y había ya ganado la batalla en otros puntos del país, Periférico defeño incluido. El caso es que su pregunta a manera de respuesta me dejó pensando esa mañana, e imaginando una ciudad plagada de espectaculares.

Casi dos décadas después, la pesadilla se está consumando en la práctica, como si aquella visión de entonces hubiese sido una premonición de lo inevitable; como si Querétaro, con su crecimiento galopante y su modernidad a cuestas, estuviera destinada al sacrificio de convertir sus calles y avenidas en espacios adicionales de promoción, a ser rehenes de una ley, la del consumo y los intereses económicos, más fuerte que cualquier otra.

Mi visión de entonces, como en esas series melodramáticas que basan su historia en que todo puede ser peor, ha sido rebasada por la triste realidad, pues yo imaginé, aquella mañana de un siglo que expiraba, una ciudad con espectaculares de los de esa época, con su imagen fija por semanas o meses, acostumbrando a la vista de quienes por su frente transitaban. Hoy, esa realidad que va más allá de la limitada imaginación humana, nos muestra una ciudad cargada de espectaculares que son pantallas de leds, con imágenes que se reproducen, una y otra vez, motivando a la distracción en arterias donde, a diferencia de antaño, los graves accidentes viales son materia noticiosa de todos los días.

Y para darle un toque de absurdo a esa realidad desbordada, una buena cantidad de los gordos postes que sostiene estos luminosos espectaculares por doquier, no están sembrados en predios particulares, como otrora, sino en espacios públicos, como jardines, glorietas, camellones, o lugares que provocan bifurcaciones de calles, gracias a una concesión otorgada a cambio de un porcentaje de publicidad donde, se dice, se dará información vial a los cada día más distraídos conductores de automóviles.

Aquella mañana de hace cerca de dos décadas, en el estudio de TVQ, contesté un rotundo “no” al entonces funcionario público a la pregunta de si quería que mi ciudad tuviese una apariencia como la del Periférico de la capital del país. Hoy, tristemente, la realidad nos ha rebasado en el mayor de los absurdos y con la más gratuita de las impunidades. Hoy vivimos en una ciudad donde los anuncios en espectaculares pantallas de leds nos sorprendieron sin quejas y en silencio, y nos hipotecaron un futuro de transparente visión.