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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Los campos tupidos del verde de la alfalfa, vacas pastando con tranquilidad, algún burro cargado de leña cruzando una calle, hombres llevando sobre sus hombros un largo palo a cuyos extremos penden baldes con agua… Nada de ello se encuentra hoy, en esta ciudad desbordada, al paso cotidiano.

Hablo de los tiempos en los que los alfalfares dominaban el paisaje de lo que hoy es el fraccionamiento La Joya, o los varios que se descubren en las laterales de la antigua carretera a Tlacote, por citar sólo un par de los muchos ejemplos que podríamos traer a cuento. Hablo de aquellas épocas en que tras el Cimatario no había más que campo y cerro, ir al Pueblito representaba toda una peregrinación, y las huertas de La Cañada eran un oasis natural fuera, con mucho, de la ciudad.

Tiempos en los que Querétaro alcanzaba muy pocos miles de habitantes, había establo junto al Acueducto, sólo se circulaba por la ribera sur del río, los teléfonos comunicaban con apenas tres dígitos, el Club Campestre estaba fuera de la mancha urbana, y la naturaleza podía disfrutarse a apenas unos cuantos kilómetros.

Para los queretanos con algunos ayeres a cuestas no deja de causar escozor en el alma el recorrer algunos parajes que antaño eran alrededores y hoy forman parte esencial de la urbe. Viajar, si hoy puede considerarse un viaje, a Huimilpan, a San Juan del Río, a la cabecera municipal de Corregidora, a Tlacote, a Santa Rosa Jáuregui, a La Cañada o a Chichimequillas, representa siempre, sin que lo puedan evitar, un retortijón en el alma, acompañado siempre de un nostálgico suspiro.

Los pueblos de Carrillo, de Santa María, o de San José de los Olvera, han dejado de serlo hace mucho, para convertirse en una colonia más de una ciudad que crece por minuto, y barrios otrora tranquilos y alejados, son parte del centro mismo queretano. Hoy mi madre, que vivía por los rumbos del popular barrio de El Retablo, no podría repetir aquella frase que soltaba con cotidianidad: “Voy a Querétaro”.

La incesante y devoradora mancha urbana ha acabado ya con los sembradíos, con la presencia de vacas y cabras; el concreto y el ladrillo se ha abierto paso entre la tierra y el adobe, repitiendo hasta el cansancio un mismo patrón, una misma y única visión, del entorno. Ya no hay más alfalfares, ni más establos, ni más maizales, ni sería concebible que un caballo nos llevará leche, cada mañana, a la puerta de nuestra casa.

Hoy Querétaro es otro, tan distinto, del que conocimos apenas hace unas cuantas décadas. ¿Para bien o para mal? He ahí la inútil incógnita.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Algo peculiar de los nuevos autobuses integrados al sistema Qrobus son sus bocinas.

No tengo idea si en China se utilice el claxon con la misma soltura que lo hacen aquí los choferes de esta nueva red, pero sospecho que no, porque ya hubiesen procurado un sonido menos molesto a los oídos, so pena de convertir a Pekín en un manicomio.

Viviendo casi al lado de una parada del sistema, puedo hacer constar que es precisamente el claxon uno de los atributos de los nuevos autobuses por el que los choferes sienten especial fascinación.

Otros, por el contrario, empezamos a sentir calambres.