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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

Se les reconoce de inmediato cuando, cruzando el céntrico Jardín Zenea, levantan la mirada a la parte alta de la portada de San Francisco para verificar la hora, que consideran oficial, de la ciudad que los vio nacer. También cuando a su paso por el Jardín Guerrero se les escapa un leve suspiro mientras voltean el rostro a mirar la esquina donde otrora se ubicaba El Arcángel, entrañable restaurante de los Vallejo, y aún más atrás, la farmacia veterinaria del doctor Navarrete.

Son los que se detienen a comer una gordita por ahí mismo, los que saben perfectamente qué es un preparado de fresa o una marina cuando se introducen en la tradicional Mariposa, quienes, de inscribirse en un club, lo harían en el Campestre y jamás en el Campanario; los que ni por equivocación inscribirían a un hijo varón en el Instituto Asunción o a una niña en el Queretano o en el Salesiano; aquellos que miran a lo alto del Cimatario para saber si lloverá por la tarde.

Son los queretanos de antaño, los de siempre, los que vivieron en carne propia la transformación de una ciudad, la suya, que podía cruzarse a pie con infinidad de saludos de por medio, y que hoy, a fuerza de crecimiento, no parece asemejarse a la que los vio crecer.

Son los que se preguntan con sobresalto “¡¿hasta allá?!” cuando los citan en Juriquilla, los que saben de qué se habla al referirse a la Parroquia, a la Prepa Centro o al Jardín Obregón; los que siguen llamándole La Calzada a Ezequiel Montes y saben que Jardines no necesariamente es Jardines de la Hacienda.

Los que ven en la caseta de Palmillas una frontera de guerra, en la estatua de Conín un festivo comité de recepción, en las antenas del Cimatario un referente y en La Cañada un lugar de huertas de aguacates.

Los que esperan ansiosos el 23 de diciembre para criticar los carros de la Cabalgata, los que añoran que su hija aparezca entre las muchachas de la galería fotográfica del Heraldo de Navidad, los que odian ir a México y consideran a Celaya un lugar para medirse y confrontarse. Son esos queretanos a los que hay que entender a base de tiempo y estudio, aquellos en los que un sí puede ser un no, pues no es en la palabra donde establecen su respuesta, sino el tono que a ésta le dan.

Han perdido, irremediablemente, esa batalla que libraron con ahínco, y aún no pueden sanar del todo la herida que la guerra de la migración galopante les ha dejado en el alma. La curan alrededor de un café casero, con los amigos de antaño, dando vuelo a los recuerdos de cuando la ciudad terminaba en la Niños Héroes, ir al Pueblito significaba una expedición, y las avenidas actuales eran carreteras.

Los queretanos, esos que llaman “especie en extinción”, los que han visto con desasosiego como 5 de Mayo se les llenó de antros, el Cerro de las Campanas de edificios, y las nuevas urbanizaciones consumen los campos de cultivo, están, sin embargo, encunando la mejor de las venganzas: la de esa nueva generación, nacida ya en estas tierras, que harán pronto una mayoría nueva y sentirán que son de aquí, aunque ya no volteen al reloj de San Francisco ni a la cúspide del Cimatario para saber la hora y el pronóstico del clima.

Serán de nuevo esa mayoría que perdieron, que perdimos, en un suspiro.