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Aquí Querétaro- De circos y más circos

  • Manuel Naredo

Para el niño que fui, el circo representó la mayor de las ilusiones. Tanto que, recuerdo bien, el único plan que tenía entonces para cuando me convirtiera en adulto, era ganar dinero para poder comprar boletos de entrada a cuanto circo llegara a Querétaro, sin las limitantes familiares de sólo poder verlo, en el mejor de los casos, en una sola ocasión a cada visita.

Aún se regocija mi corazón al recordar a Renato, el Rey de los Payasos, que en el Circo Unión, instalado como todos los circos que aquí llegaban en el amplísimo solar de la Carretera Panamericana, frente al Hotel Casa Blanca, era la principal atracción. Aún también lo hace cuando a mi memoria llegan las pistas del Atayde Hermanos, y otros tantos, quizá no tan influyentes, espectáculos.

Mención aparte merece el internacionalmente famoso Circo Tihany, porque con él, desde que se instaló en el mismo terreno donde hoy están Agroasemex y Bancomer, crecí, hasta tener la oportunidad, muchas décadas más tarde, de entrevistar para este mismo medio a don Franz Czeisler Dutch, su creador, y sonrojarme para la foto con las bellísimas coristas de su espectáculo.

El más antiguo de los circos es el de los Atayde, que cuentan ya con cerca de ciento treinta años de historia. Inició operaciones cuando ni siquiera había luz eléctrica e iluminaba sus espectáculos con hachones encendidos, y fue creciendo hasta convertirse en una institución legendaria, de donde salieron algunos de los acróbatas más importantes del mundo, como los hermanos Aurelio, Patricia y Andrés, con el apellido que da nombre a su circo.

Renato Fuentes Gasca, el popular rey de los payasos, nació casi literalmente en el circo, cuando su madre tuvo que abandonar la taquilla para dar a luz hace ya setenta años. Su fama y la de su circo, el Unión, fundado por su padre en 1938, fue tan grande que hizo posible, entre otras muchas cosas, que dos presidentes de la República, Adolfo López Mateos y José López Portillo, se subieran a alguno de sus elefantes para la foto histórica.

Y el mago Tihany, a su vez, vino a revolucionar el espectáculo circense, trocando las pistas por un escenario, centrando el espectáculo en la magia y enriqueciéndolo con tecnología y con coreografías de alto nivel. Fue ese circo, fundado por el húngaro cuyo nombre verdadero era el de Franz Czeisler, el que introdujo al ambiente circense todo el sabor de Las Vegas o de París, incluyendo fuentes danzarinas.

Franz Czeisler, quien en su momento fue substituido como mago por Richard Masson, también de inolvidables recuerdos, murió este año en Las Vegas, a escasas semanas de cumplir cien años de vida, y Renato Fuentes Gasca, con siete décadas a cuestas, vive desde hace años en Nicaragua, alejado de su México natal y víctima de la prohibición de los espectáculos con animales que le daban sentido a su circo.

Me acordé de todo ello: de la magia de Tihany, de las “payasadas” de Renato, del Querétaro que aún permitía tener un enorme terreno sin fincar en pleno Constituyentes, y de las bailarinas que le daban color a los espectáculos, con el escándalo suscitado con el Circo de los Horrores, que hoy pretenden prohibir en nuestra ciudad.

El mago Tihany ha muerto, Renato vive su autoexilio, los Atayde sobreviven sin la atracción de animales, y los edificios de Agroasemex y Bancomer no dan espacio para carpa alguna, pero Querétaro, ese Querétaro tradicional y hasta timorato de mi niñez, parece seguir más vigente que nunca.