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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

El pasado fin de semana aparecieron de pronto, fieles a su cita anual, una serie de puestos improvisados de ventas, en ese que ha sido su sitio habitual desde hace ya algunos años: el Jardín Guerrero.

El popular tianguis de Todos Santos se ha levantado presagiando la inminente llegada de esas fiestas que en nuestro país adquieren un especial significado y que celebran a los que se fueron, y sobre todo, a la muerte, tan difícil de celebrar en cualquier otro punto del planeta.

El tianguis de Todos Santos representa una tradición popular queretana de profunda raigambre, cuya ubicación más añeja alcanzaba el corazón mismo de la ciudad. Ahí en la Plaza de Armas, o “de arriba” como le conocían los queretanos de otras épocas, se instalaban puestos, principalmente de comida típica, para conmemorar los primeros dos días de cada diciembre.

Sobre mantas colocadas en el piso, alrededor de la fuente y de las jardineras, entonces con otras características, los marchantes ofrecían sus productos, tradicionales y mexicanísimos, como hoy lo hacen, en el Jardín Guerrero y en espacios enlonados levantados para ello, los comerciantes contemporáneos.

El tianguis ha tenido, a lo largo del tiempo, variadas sedes, entre las que se encontró, incluso, un terreno entonces baldío en la Avenida Constituyentes, pero donde más duró fue en la explanada contigua al Mercado Escobedo, misma que las necesidades comerciales acabaron por convertir en espacio techado y destinado permanentemente al comercio ahí establecido.

Ahí, en el Mercado Escobedo, el tianguis de Todos Santos tuvo años de apogeo, acaso por su cercanía con el único cementerio del Querétaro de entonces, pues familias enteras acudían a visitar a sus difuntos, y de paso, de ida o de venida, se detenían a recorrer los puestos y hacer las tradicionales compras.

Muñecas de cartón profundamente chapeadas, caballitos con cuerpo de carrizo, calaveras con huesos de resorte, pequeños ataúdes desde donde salía imprevistamente una osamenta, eran los juguetes tradicionales, y las calaveras de azúcar, los dulces de leche y el pan de muerto la comida infaltable.

Hoy, aunque se mantiene la tradición, las cosas no son exactamente iguales. Aún se descubren, sí, juguetes tradicionales y calaveras de azúcar con el nombre del muerto grabado en la frente, pero también infinidad de productos de plástico elaborados en China, máscaras de luchadores y disfraces al más puro estilo del halloween norteamericano.

Es lo que hay; en lo que se ha transformado la tradición, que por fortuna y pese al crecimiento desbordado de la ciudad, se ha mantenido viva.

Ningún queretano de cuño dejará de visitar el tianguis de Todos Santos, hoy levantado en el Jardín Guerrero, y aún entre el plástico de los productos chinos, entre los disfraces y las máscaras, se seguirá enterneciendo con la gorda muñeca de cartón, con la máscara de diablo cornudo, con el carrizo que puede montarse sin contratiempos y con la calavera de azúcar pelando los dientes, porque todo ello le recordará, sin remedio, al niño que fue.