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Aquí Querétaro

  • Manuel Naredo

A mi correo electrónico llegó, como quien no quiere la cosa, el anuncio: El Instituto Mejores Gobernantes A.C. me adjuntaba la carta donde me declaraban ganador del Premio Nacional Tlatoani 2016, además de la invitación correspondiente a recibir la presea en una cena de gala en suntuoso hotel de la ciudad de México “con los mejores servidores públicos de la República Mexicana”.

A mis años, he perdido, lo acepto con rubor, la candidez, así que una profunda desconfianza invadió mi cuerpo al tiempo de soltar una carcajada inevitable. También me asaltó la curiosidad, así que abrí los documentos anexos.

Primero, un dossier con fotografías de los sonrientes directivos del Instituto en cuestión; su misión, su visión, su política de calidad y sus valores, además de una serie de ligas con el testimonio de diversos personajes de la vida pública, nacional e internacional, que no tengo el gusto de conocer.

Luego un formato para ser llenado con mis datos profesionales, el nombre que quisiera fuera grabado en la estatuilla a la que era merecedor, y como si nada, así como quien no quiere la cosa, los datos bancarios para realizar la “inversión”, misma que ampara la cena de gala con un acompañante y una noche de hotel, por la mínima cantidad de 19,800 pesos. Ahora que si se requiere de factura, la cantidad tendría que considerarse más IVA.

El tema, luego de las conjeturas iniciales y de las abundantes risas, nos llevó a una búsqueda en medios electrónicos. Ahí vino la sorpresa, pues el premio, no ausente de controversias, cuenta con un abundante listado de ganadores, entre los que se cuentan, queretanos. Ahí se descubren al Presidente Municipal en turno de Izúcar de Matamoros, que lo añadió a unos cuantos también obtenidos y publicitados –la prensa, ya saben cómo es, encabezó la nota como “Alcalde va por segundo premio patito del año”-, al de Guasave –la oposición, siempre en contra, lo calificó como un “fraude para la sociedad”-, a la alcaldesa de Tampico, con la consecuente crítica ácida de los opositores, o a una joven directora de Fomento Económico del Municipio de San Miguel de Allende, quien le sacó lustre a su Tlatoani en los medios de comunicación.

La somera investigación delató al menos tres nombres de queretanos galardonados con el Tlatoani: el actual Secretario del Ayuntamiento de Tequisquiapan, este mismo año; la ex titular del Instituto Queretano de la Mujer, que hasta entrevista de prensa dio para difundir la distinción; y el curioso caso de un ex Secretario del Ayuntamiento de Arroyo Seco, quien dijo que había rechazado el premio porque prefería el reconocimiento de los ciudadanos del Municipio, pero luego la puntillosa prensa serrana hizo hincapié en que en realidad no quiso pagar los dieciocho mil pesos que costaba el numerito –de entonces a la fecha ya subió mil ochocientos pesos-.

Pasado el shock de la noticia, apaciguadas las risas, concluidos los estudios, puedo establecer públicamente que no aceptaré el Tlatoani 2016, que me distinguiría como “uno de los mejores servidores públicos de la República Mexicana”, porque pienso que es la ciudadanía la que debe otorgarme, en todo caso, esa distinción. Los malpensados dirán que no quiero pagar 19,800 pesos, más IVA. Ahí les dejo a ellos mi nombre para que se regodeen.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Woodland es una población de cerca de cien mil habitantes, ubicada en el condado de Montgomery, en las cercanías de Houston, en Texas, que ha servido de lugar de residencia a muchísimos mexicanos. Una cosa la distingue, sin embargo, y es que esos mexicanos no tienen las características habituales, o presumibles, de los migrantes del sur de la frontera norteamericana.

A Woodland han llegado a residir, o a tener casa para pasar temporadas, mexicanos de una posición económica más que desahogada. Para decirlo en términos coloquiales, y sin que ello represente necesariamente una generalidad, a Woodland llegan los ricos mexicanos.

Pues resulta que los pasados días algunos de esos mexicanos han empezado a sufrir desprecios y malos tratos de los norteamericanos del lugar. “Váyanse a su país”, les han escupido en la cara, así sin más, en lugares públicos.

No quiero imaginar lo que empezará a ocurrir con los otros mexicanos: los que atienden los restaurantes en Nueva York, los jornaleros de Arizona o los ovejeros de Nevada.

La era Trump ha llegado.