imagotipo

Aquí Querétaro – Don Juan Antonio

  • Manuel Naredo

Dicen que al amor y el dinero son inocultables, y al buen don Juan Antonio ambas cosas le saltaban por los poros.

Lo del dinero le causaba menos conflicto, acostumbrado como estaba durante toda su vida a pertenecer a una familia que lo tenía en abundancia. Quizá aquí, en esta ciudad barroca y tan dispuesta al comentario en voz baja, tenía que aguantar con mayor intensidad las miradas curiosas sobre su persona, que en la gran Ciudad de México, su ciudad de origen, se desdibujaban entre tanta gente.

Pero lo del amor sí era un problema. No podía, y a ratos ni quería, ocultar aquel arrebatado sentimiento que provocaba murmuraciones entre la comunidad y le multiplicaba disgustos con su mujer, hasta que la prudencia se rompió y ella acabó por abandonarlo.

Aderezado por el pecado, aquel amor inocultable, tan iluso como temerario, tenía como destinataria una jovencita que en su destino llevaba lo imposible de la historia. Era una monja de un convento de Capuchinas agobiado por la ausencia de agua y caracterizado por la sed de sus inquilinas.

Por eso don Juan Antonio, presa de pasión platónica y de la maledicencia queretana, decidió dar la mayor prueba de amor a la que tenía acceso: Financiar y dirigir la construcción de un majestuoso acueducto que llevara agua, no a la también sedienta ciudad, sino al convento donde su amada pasaba las horas en oración y en sufrimientos de culpa.

Hasta ahí la leyenda, que a base de repetición incesante en boca de guías de turistas y actores de calle, acabó por convertirse en verdad. Quizá la leyenda queretana más famosa de las que ahora se cuentan y también la más injusta para uno de los benefactores más insignes que dio la Nueva España.

Y digo injusta, porque eso representa el rebajar un acto tan noble con el de don Juan Antonio de Urrutia y Arana en un arrebato de pasión carnal o de enamoramiento inmaduro; el restarle al Marqués de la Villa del Villar del Águila los méritos que lo habían dignificado a través de tantos años de historia.

Don Juan Antonio había llegado a Querétaro en compañía de su esposa, a la que le construyó esa impresionante casona hoy convertida en hotel en la esquina de Madero y Allende, acompañando al grupo de monjas capuchinas que fundarían su casa en Querétaro. La pareja de nobles, radicados hasta entonces en la capital de la Nueva España, cumplían así lo que consideraban su obligación como católicos, adoptando una causa noble al convertirse en mecenas de la aquella orden religiosa.

Cierto es que la relación entre ambos debió irse desgastando, y que quizá por ello el Marqués le edificó una casa aparte a la Marquesa, y tal vez también por eso, ella acabó regresándose a la Ciudad de México, dejando a su marido inmerso en una de las aventuras arquitectónicas más importantes de la época.

¿Por qué nació, en quién sabe qué momento, la historia de amor con la monja? Acaso porque los queretanos, y los mexicanos todos, acostumbrados como estamos a que los políticos hagan obras que en realidad son negocios y los empresarios realicen labores altruistas que en realidad son motivos para disminuir impuestos, tenemos que encontrarle una razón terrenal, humana, hasta mezquina si es posible, a cualquier acto que hable de dadivosidad desinteresada o de compromiso sincero.

Para algunos queretanos resulta imposible que un hombre sea capaz de realizar un acto de compromiso con el futuro de la ciudad en la que vive, sin más interés que el beneficio común, y resulta totalmente lógico que lo haga con la malsana intención de ganar las dádivas de una religiosa, capaz de relajar su voto de castidad a cambio de un buche de agua.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Bella e interesante me pareció la exposición que bajo el título de “Barros Paralelos” rinde homenaje a Candelario Medrano y Ángel Santos, maestros alfareros de niveles impresionantes.

La muestra, que estará en el Museo Regional hasta el próximo 25 de junio, exhibe piezas de una belleza manifiesta, con un trabajo mucho más que simplemente artesanal, de estos dos maestros, uno ya fallecido. Su presencia en Querétaro ha sido posible gracias al Museo de Arte Popular de la Ciudad de México.