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Aquí Querétaro – El túnel de Maximiliano

  • Manuel Naredo

Aquella noche de mayo, muy de madrugada el emperador fue despertado en sus queretanos aposentos del convento de la Santa Cruz, sólo para ser informado, entre apuros, que las tropas republicanas de Escobedo estaban entrando al lugar, gracias al cañonazo que sobre el muro de piedra del costado norponiente habían hecho y a la traición de uno de los más cercanos colaboradores del máximo jefe del ejército imperialista.

Maximiliano, acostumbrado como estaba a dormir semi vestido, apenas se calzó las botas y su asistente le ayudó a colocarse la casaca; tomó el sombrero que sobre una silla desvencijada aguardaba, y se enfiló presuroso, por los pasillos monásticos, hasta el orificio celosamente resguardado. Ahí él, y sus más allegados, se introdujeron arropados por la luz de un candelabro.

Minutos después aparecería al otro lado de la ciudad, en el Cerro de las Campanas que miraba a lo lejos al acosado Querétaro, para hacer frente a un destino inevitable y próximo: el de su rendición. Había cruzado la mítica y santa ciudad de tierra adentro por un túnel, de los varios que servían de escape y de comunicación secreta.

Eso cuenta la anécdota que un día los queretanos iniciamos a divulgar, de generación en generación, hasta hacerla historia verdadera. Sin embargo, se trata de un acontecimiento improbable e imposible de comprobar; antes bien, existen evidencias históricas que señalan la salida del Archiduque a ras de tierra, incluso con la oportunidad de subir al caballo previamente alistado en las cercanías de La Cruz, para después, a galope, alcanzar el montículo donde, semanas después, sería pasado por las armas.

Hasta el orificio del muro conventual, resguardado por decenas de años y señalado con placa alusiva, difícilmente responde a los orígenes que se le imputan, pues según consta en investigaciones históricas serias, la probabilidad de que la entrada del ejército republicano a Querétaro hubiese sido previamente consensada con el Emperador, vía un interlocutor y no un traidor, es amplia.

Pero los queretanos, como con otros momentos de nuestro pasado, que van desde la fundación misma de la ciudad hasta los motivos para construir un acueducto, le hemos dado a la también llamada Perla del Bajío una envoltura de magia y de suspenso que adorna particularmente nuestra historia. Una historia aderezada de pequeñas anécdotas, de mitos, de ilusiones hechas materia a base de insistir en repetirlas.

Reflexioné en ello el otro día, escuchando un programa de radio serio en una estación radial seria, donde se hablaba, como un hecho contundente y evidente, del túnel por el que Maximiliano escapó de La Cruz. Y las conductoras, aludiendo a algún libro, como si de un ensayo histórico se tratara, desmenuzaban el trayecto del ducto bajo tierra: del convento franciscano al de Capuchinas; de ahí a la casa de don Juan Caballero y Osio (sic), y de ahí al Cerro de las Campanas. Sin duda alguna en sus argumentaciones; con la seguridad pasmosa de la inocencia y la temeridad de la ignorancia.

Pero como queretanos somos y de la gracia de las mayorías no queremos caer, sólo diré que aquel amanecer del 15 de mayo de 1867, cuando Miguel Miramón le preguntó a su jefe Maximiliano, con la vista puesta sobre una ciudad ya tomada por el enemigo, sobre esa tosecilla que le embargaba, el príncipe austriaco se acarició la barba y musitó lacónico: “Había mucha humedad en el túnel”.

ACOTACIÓN AL MARGEN

La otra noche dí varias vueltas para poder entrar a mi casa, vecina como es de la Avenida Constituyentes. Mi colonia estaba cercada, gracias a los trabajos que en la vital vía queretana se realizan para dotar de infraestructura a “Qrobus”.

Ni por aquí, ni por allá, ni por más allá. A decir de los tambos rojos que impedían el paso, esa noche tendría que conformarme con no llegar hasta casa.

Cuando topé, en segunda vuelta (y todo lo que conlleva la vuelta en esas condiciones), con lo tambos, y me paré en seco frente a ellos, una mujer con casco se me acercó. No reconocía siquiera el nombre de mi colonia, pero sí el de la vecina. Apartó uno de los tambos y con un “usted disculpe” me dejó pasar.

Lo mío no es afán de molestar, ni de criticar obras de infraestructura citadina, pero creo que no sería mucho pedir algunos letreritos que le expliquen a la ciudadanía que por ahí, pese a estar cerrada la calle (como todas) puede llegar a su casa. Acaso sería una temeridad pensar que también la policía podría estar más al pendiente de una obra tan anunciada y tan importante para la administración gubernamental.

¿O así será también en Europa?