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Cerro de las Campanas

  • Manuel Naredo

De espaldas al monumento a don Benito Juárez, sentado sobre alguna de las muchas piedras y rodeado de árboles, miré muchas veces hacia esa parte de la ciudad, totalmente ajena a su centro histórico. Desde ahí, en el Cerro de las Campanas, se divisaba con claridad el Molino El Fénix, la torre de San Agustín del Retablo, las tabiqueras de las inmediaciones del barrio de La Piedad y la entonces llamada Carretera Constitución, que hacía perdidizo su trazo hacia San Luis Potosí.

Aquellas mañanas en día de asueto, o incluso aquellas tardes que las labores escolares lo permitían, significaban para mí un espacio dedicado al alma. Aquellos momentos silenciosos y solitarios en el histórico espacio, reconfortaban por dentro al adolescente que entonces yo era, y alimentaban su espíritu.

También albergaban mi concentración necesaria ante la llegada de un nuevo examen, mientras recorría los vericuetos de ese pequeño bosque de árboles de troncos esbeltos que se apostaba abajo, desde un costado de la capilla construida en recuerdo de Maximiliano de Habsburgo y hasta la calle Circunvalación que un día se transformaría en Avenida Tecnológico.

Desde la zona de la capilla, entonces visitada sin retenes, podían descubrirse, hacia el Oriente, las muchas cúpulas de una ciudad que parecía dormir eternamente, los despejados cerros circundantes, coronados por el Cimatario, el parque infantil con sus resbaladillas insertadas en un cuete, y el Monumento a la Bandera.

Del otro lado, apenas explorado por mí, las siempre desoladas instalaciones de la Feria, esperando con ansias la llegada de diciembre, cuando adquirían vida a base vacas, módulos comerciales, juegos infantiles y vendimia diversa.

Tal es la marca que aquellos parajes dejaron en mi alma, que de vez en vez, cuando las circunstancias lo permiten –y no lo permiten mucho-, regreso al Cerro de las Campanas para pretender perderme en sus silencios y guarecerme entre sus sombras arbóreas de las inclemencias de un tiempo especialmente áspero y agresivo; no hace mucho volví a hacerlo con la esperanza a cuestas y el recuerdo del adolescente que fui en las alforjas.

El panorama, huelga decirlo, es hoy muy distinto. La durmiente ciudad despertó apenas sin darnos cuenta y se apropió de mi barrio sin recelo ni mesura, dominando de construcciones los otrora espacios verdes y convirtiendo la vieja carretera en una saturada avenida con nombre de fecha patria. Los muchos y esbeltos árboles de la parte baja se tradujeron en avenida, dispensarios, oficinas y salón de fiestas. Las cúpulas se esconden tras un edificio, las resbaladillas en el cuete han desaparecido y hasta el Monumento a la Bandera es hoy tímido rincón de un rebautizado espacio como Plaza del Estudiante.

Aunque ahora hay prados en lugar de tierra viva, y varias bancas para reposar humanidades, yo busco la mejor piedra para sentarme; miro a la distancia un molino venido a menos, distingo la torre de San Agustín del Retablo, descubro los viejos alcanfores que enmarcan el paso del ferrocarril, y vuelvo a sentirme como otrora, como hace tantos años y tantas cosas vistas. El transformado lugar, a espaldas del Benemérito en piedra, increíblemente parece aún albergar el espíritu de ese adolescente tímido y temeroso que encontraba en el entorno un ambiente ideal para charlar consigo mismo, y hace que, pese al paso de turistas, el permanente ronronear de los automóviles, y la visión de esa galopante ciudad en la que hoy vivimos, la paz recupere el espacio perdido en las cruentas batalla de la vida.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Hace algunos días me enteré de la triste noticia de la muerte prematura de León Felipe de las Casas, con quien compartí muchos momentos laborales. Lamento mucho su partida, al tiempo que recuerdo su siempre presta disposición, su sonrisa eterna, y su capacidad profesional.

Le abrazo y le agradezco la compañía en tantos especiales momentos.