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Diálogo Universitario

  • Dr. Manuel Basaldúa Hernández

La migración es el fenómeno social más agudo que experimentan los grupos humanos en todo el mundo. Comunidades enteras son forzadas a buscar territorios que les ofrezcan oportunidades de vida distintas a las que les dieron su origen e identidad. Estos desplazamientos transforman a las sociedades huésped como a los mismos migrantes que tienen que adaptarse a latitudes, creencias, formas de alimentarse, productos de consumo y estructuras urbanas, de igual manera que se cambia la esencia de los centros de expulsión.

En este 2017, hemos conocido la desgracia que sufren miles de personas debido a una expulsión bárbara a la que han llamado como “limpieza étnica de manual” en uno de los extremos de oriente del mundo. Los rohingya, de religión musulmana, son parte de la minoría más excluida de nuestro orbe en cuestiones como la educación, empleo, alimentación, vivienda y seguridad social elemental. Los rohingya son perseguidos por militares y grupos budistas hasta masacrarlos con armas de fuego, machetes e incendiando sus viviendas, incluso quemando vivos a sus integrantes. Lo que antes se conocía como Birmania es escenario de esas  disputas por el territorio, la cultura, la identidad y la soberanía que juegan un papel crítico en esa zona rodeada por Bangladesh, India, Tailandia, China y la propia Birmania ahora conocida como Myanmar.

En México los pobres también se ven en la necesidad de migrar hacia el norte, o al menos a moverse de sus comunidades donde las oportunidades de trabajo, educación y condiciones de bienestar no son suficientes para una vida digna. No obstante que el Gobierno Mexicano aplica programas de asistencia social, la migración sigue siendo una tabla de salvación para muchas comunidades. Aunque esto no les asegure un éxito completo, debido a que primero deben atravesar el propio territorio nacional y luego enfrentarse a la frontera para después tener otro reto más, de permanencia e inclusión laboral en los EEUU.

Los “dreamers” son el resultado visible de los efectos de esas migraciones en nuestro continente, que se enfrentan a los mismos actos de exclusión y hasta discriminación por parte de quienes ostentan el derecho a su territorio huésped. Los “dreamers”, a los que yo llamaría como los nuevos chicanos, se identifican como gente productiva que ya están bien acoplados en la sociedad norteamericana, y que defienden su cultura binacional, pero que no quieren ni desean regresar a México. Aunque su futuro próximo esté amenazado por la desaparición de un polémico programa de ayuda y amnistía, hasta ahora no hay certeza de donde se ubicarán físicamente en caso de su expulsión.

Las ciudades medias, con alto índice de crecimiento económico y un potencial desarrollo, como Querétaro, reciben a decenas de inmigrantes que provocan trastocamientos de sus costumbres y tradiciones. La entidad se encuentra experimentando agudos cambios culturales debido a la hibridación de formas de conducta, necesidades físicas y de vivienda, demandas de servicio.  Pero la enorme demanda de servicios de todos los órdenes parece rebasar las acciones gubernamentales dejando sentir un deterioro de la calidad de vida. El empobrecimiento de los grupos sociales, y la pauperización a la que están siendo sometidos, aunado a un desempleo galopante,  impactan en los índices de inseguridad de la entidad.

La urgencia de tener estudios antropológicos y sociales en Querétaro sobre la inmigración y los cambios culturales pueden orientar a ajustar las políticas públicas y acciones de intervención sobre la población nativa y los inmigrantes. No debemos de mirarla como un reto local, sino como parte de la composición y movilidad social a nivel mundial que es, como indicamos al inicio, el desplazamiento de la desgracia para muchos.

@manuelbasaldua