imagotipo

Diálogo Universitario

  • Dr. Manuel Basaldúa Hernández

El informe presidencial que se realizaba en México durante gran parte del Siglo XX era una fiesta casi “imperial”. El país se ponía en vilo, se declaraba día no laborable, había “ley seca”, y la prensa de ese tiempo, radio y televisión transmitía los pormenores del evento, y al día siguiente los periódicos contenían los datos sustanciales del informe, así como el mensaje integro que el jefe del poder ejecutivo ofrecía a la nación. Se daba seguimiento palabra por palabra, dato por dato del mandatario en turno y el volumen del periódico casi se triplicaba.

Al salir de rendir cuentas a la Nación, con el Congreso de la Unión de por medio, el Presidente de la República después de pronunciar todas las acciones ejecutadas durante el periodo anual, transitaba del recinto legislativo al Palacio Nacional para ser felicitado, alabado y encumbrado por tales tareas. Las calles de la ciudad de México se llenaban de papelitos de colores, mientras el presidente avanzaba en su recorrido, entre miles de banderitas patrias, que ondeaban los ciudadanos y todo era jolgorio. Al término de ese mismo Siglo, las cosas cambiaron, y el “día del presidente” terminó. Las formas se han modificado,  a partir de que en el Congreso se “interpeló” al Presidente, y todos vieron que era un ciudadano como muchos, o casi.

El Presidente Abelardo Luján Rodríguez, en 1934 quien estuvo en el cargo por dos años solamente, rindió un informe que duro siete horas. De origen sonorense, realizó trascendentales creaciones en las instituciones de gobierno, y por tales motivos se llevó tanto tiempo describiéndolas. Contrario a lo que ocurrió en ese tiempo, hace unos sexenios con el mandato de Fox, este último solamente emitió un breve mensaje porque no pudo subir a la tribuna cuando diputados se lo impidieron. Y en eso ha quedado a partir de esas fechas; un simple mensaje.

Ahora con las redes sociales y el cambio de la mentalidad de los ciudadanos, ya no hay tal “día del presidente”. Es un día común y corriente, la percepción del poder y de las acciones del gobierno es inmediata y palpable en distintos sentidos.

En este 2017, las frases y las cifras expresadas por el Presidente Peña Nieto son cuestionadas y puestas a prueba por los ciudadanos sin la intermediación de los analistas y los comunicólogos. Más allá de lo que digan los legisladores y la clase política, la opinión pública se expresa evaluando y sancionando los resultados en el momento. Las redes sociales ofrecen un termómetro del sentir ciudadano en forma directa. Dicen del 5to informe: “Si estamos tan bien, entonces porque estamos tan mal”.  “No nos habíamos percatado que tan cerca estamos de parecernos a Suecia”.   Y es que el sarcasmo popular vence la evaluación seria de las acciones institucionales cuando se refiere a los niveles macroeconómicos: “en diez años se logrará el fin de la pobreza extrema” y en veinte años  nos convertiremos en un país plenamente desarrollado, dice Peña Nieto. No tan alejados de ofrecernos el paraíso se encuentran las buenas cuentas de los diputados, ediles y gobernadores del país. Mientras la pobreza, la delincuencia y la desigualdad siguen galopando libremente en sus comarcas.

Quizá por eso mismo, se debe estar pensando en un nuevo formato de los  informes de estos funcionarios. Debe ser un ejercicio de autoevaluación y posibilidad de pasar por el escrutinio público. Porque hasta ahora, los informes de gobierno, tanto a nivel de la presidencia de la República como de otras instancias, son meras campañas políticas y publicitarias, no un ejercicio de rendición de cuentas.

@manuelbasaldua