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El Bolígrafo – De la Reforma a la Revolución Educativa

  • Raúl Iturralde

La semana pasada Diario de Querétaro dio cuenta puntual de la presentación del nuevo modelo educativo cuyo propósito es acabar con los rezagos de la educación pública enfatizando el nivel básico y colocarnos con plena vigencia en el siglo XXI. El Secretario de Educación Pública, Arturo Nuño calificó de revolucionaria la propuesta.

Atrás quedó el intenso debate sobre la reforma educativa, los intentos de evaluar a los profesores y establecer nuevas condiciones de trabajo basadas en la productividad y en la eficiencia. Ahora se presenta un modelo cuyos ejes principales son: a) dejar atrás la pedagogía basada en la memorización, para crear individuos con capacidad de pensar e investigar para construir nuevo conocimiento; b) incorporar el estudio del idioma inglés desde la primaria; c) autonomía curricular para las escuelas, 80% del plan curricular será igual en las 260 mil escuelas públicas del país, quedando el 20% restante bajo responsabilidad de maestros, autoridades educativas y padres de familia para definir sus necesidades y ajustar los programas para reconocer la especificidad de cada escuela.

El nuevo modelo educativo entrará en vigor en el ciclo escolar 2018-2019. Es decir, se tienen alrededor de 16 meses para que más de 2 millones de profesores se capaciten en el nuevo modelo, aprendan inglés, manejen las tecnologías de la información y desarrollen nuevas competencias para incentivar a los 34 millones de alumnos a dejar de memorizar los contenidos curriculares y entren en la lógica del aprendizaje basado en la indagación y “aprendan a aprender”; también se deberá resolver en esos 16 meses lo relativo a los contenidos de los libros de texto.

La respuesta de los especialistas en temas educativos de las diversas instituciones de educación superior de la talla de Manuel Gil Anton, Carlos Imaz, Marisol Silva, Olac Fuentes, Roberto Rodríguez, entre otros, sostienen fuertes críticas al modelo, identifican inconsistencias, apresuramientos, contradicciones, falta de claridad conceptual. Y no son señalamientos menores viniendo de especialistas altamente reconocidos.

El desafío es mayúsculo, sobre todo si consideramos que México ocupa el último lugar del ranking educativo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). A los problemas presupuestales que seguramente tendrá el instrumentar un proyecto de esta naturaleza, se agrega que se presenta a las puertas de la coyuntura electoral de la sucesión presidencial, cuestión que como sabemos tiende a impregnar y detener todas las acciones políticas que se adopten.

No se observa un panorama sencillo para la puesta en marcha de esta “revolución” educativa, que en sus planteamientos se parece a la “Revolución Educativa” de Jesús Reyes Heroles, Secretario de Educación Pública en el periodo 1982-1985, cuyos resultados fueron bastante pobres y terminó siendo abandonada rápidamente.

En mi opinión, este nuevo intento de modernizar la educación en México está siendo presentado a destiempo y, por añadidura, tuvo una recepción fría entre los actores políticos, y rechazada por los especialistas del sector educativo. El Gobierno Federal perdió tiempo y capital político tratando de imponer una reforma administrativa que puso en el centro de los ataques a los profesores, y activó las movilizaciones de los grupos sindicales disidentes de estados como Oaxaca, Chiapas, Guerrero y Michoacán.