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El Bolígrafo – La innovación y la competitividad

  • Raúl Iturralde

El crecimiento de la economía mundial arrastra a las economías locales, llevándolas a procesos de redefinición de sus prioridades y a buscar las estrategias de incremento de la productividad para colocarse competitivamente en los mercados mundiales. Para ello impulsan procesos organizacionales y técnico-científicos, el propósito es atraer inversiones extranjeras y retener a los capitales locales, buscando acrecentar el Producto Interno Bruto (PIB), generando los empleos, tanto en número como en calidad, que la población demanda.

Bajo el contexto anterior, un sector que ha cobrado una importancia vital es el llamado ecosistema de ciencia, tecnología e innovación (CTI). En México, a partir del año 2006, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT), tomó la decisión de colocar en el centro del desarrollo sustentable del país a la innovación, desde entonces hacia allá se dirigen los recursos y esfuerzos del CONACYT y del conjunto de los Consejos estatales de Ciencia y Tecnología del país.

Los expertos coinciden en que el círculo virtuoso del ecosistema CTI es la creación de conocimiento mediante la investigación básica y de frontera, seguido de las aplicaciones tecnológicas y, cerrando el círculo, está la innovación, la cual consiste en la implementación exitosa del conocimiento creado, es el momento en el que se demuestra el valor social y comercial de la inversión realizada al interior del ecosistema CTI. En estos días, nadie pone en tela de juicio que la innovación es la ventaja competitiva por excelencia y es la que tiende a definir el ritmo de desarrollo de las economías locales y a nivel mundial.

Uno de los grandes motores de la innovación es la participación de las comunidades científicas que trabajan en los centros de investigación y en las instituciones de educación superior. En este sentido la formación del capital humano adquiere gran importancia debido a que son los egresados de posgrado los que tienen la capacidad de potenciar la innovación de procesos y productos, y colocarla como factor principal de la competitividad de las empresas.

El Foro Económico Mundial publicó recientemente un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE) en el que sostiene que la educación es el gran motor del crecimiento mundial y le da a los estudios de posgrado, principalmente a los doctorados, el lugar clave de las innovaciones que están revolucionando el mundo. Incluso va más allá al afirmar que la llamada cuarta revolución industrial o industria 4.0, con sus elementos como el internet de las cosas, los desarrollos nanotecnológicos o del software, se deben a las investigaciones de los graduados con título de doctor.

El documento de la OCDE menciona que los grandes países desarrollados están invirtiendo fuertemente en educación superior e intensifican sus esfuerzos en la obtención de doctorados en todas las áreas del conocimiento, pero con mayor atención a la ciencia, la ingeniería, la tecnología y las matemáticas (CITM). Los países emergentes siguen el ejemplo; ¿cuál es el camino que está siguiendo México?

En mi opinión, la decisión de centrar los esfuerzos del ecosistema CTI es muy acertada y tendrá que dar frutos en el mediano plazo. Actualmente, la mayoría de los centros de investigación y las instituciones de educación superior tienen esa orientación y están provocando que la innovación sea reconocida como palanca de la productividad, la competitividad y el crecimiento económico.