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El Bolígrafo – Las opciones de la democracia

  • Raúl Iturralde

La democracia mexicana es tan extraña que ni los más puntillosos intelectuales han acertado a conceptualizarla y mucho menos a entenderla. Vargas Llosa la denominó la dictadura perfecta, Enrique Krauze la definió como la dictablanda, Jorge Volpi la llama una dictadura ocasional y que cuando tiene que expresarse es una dictadura sin adjetivos; Octavio Paz se refirió al Estado Mexicano como “El Ogro Filantrópico”, un ser miserable y compasivo a la vez; incluso el caricaturista Eduardo del Río, Rius, se refería irónicamente al concepto y afirmaba, a través de sus personajes, que democracia venía del latín “demos gracias”. Cualquiera de esas denominaciones indican que las cosas no caminan por el lado que debería ser: un sistema político basado en el respeto a las decisiones libres del pueblo para elegir y controlar a sus gobernantes.

Actualmente, crece el número de ciudadanos que buscan nuevas opciones políticas para compartir principios y esperanzas, que quieren generar nuevos caminos sociales, recuperar el sentido verdadero de la solidaridad, reciprocidad y de igualdad en todas sus dimensiones, de trabajar para erradicar la pobreza a través del desarrollo de políticas públicas que no estén pensadas sobre la base del control de las mayorías.

La situación económica y social del país caminan sobre el borde del abismo; la brecha entre pobres y ricos es cada vez mayor y el proceso de deshumanización de las élites que detentan el poder económico y político es cada día más alarmante. Estos hechos provocan desigualdad económica, injusticia, desesperanza, incertidumbre, enojo y violencia. Los grandes desafíos de la democracia mexicana se concentran en pugnar por lograr el objetivo de una sociedad libre, plural y diversa.

Es indispensable reforzar la participación ciudadana para impulsar una mayor participación en la vida pública del país, tan necesaria en estos tiempos en los que la violencia y la corrupción se convierten en los grandes temas nacionales, dejando de lado las cuestiones trascendentes, porque, en mi opinión, más que discutir cómo acabar con la corrupción, tendríamos que estar dialogando y compartiendo reflexiones en torno a cómo hacer que la educación se constituya en el eje del desarrollo sustentable; tendíamos que estar debatiendo en torno a las grandes posibilidades que nos ofrece la ciencia, la tecnología y la innovación, para que México deje de ser un país que dependa de las economías poderosas para trazar su propio camino y convertirse en una economía firme que distribuya equitativamente el ingreso nacional.

Estoy convencido que un principio esencial de las sociedades democráticas es el acceso de la ciudadanía a la información del quehacer público; desde luego no a cualquier tipo de información, sino a aquella que reúna las características de veracidad, oportunidad en el tiempo, confiabilidad y disponibilidad. Sólo así es posible formarse una opinión sobre lo que ocurre en un país como México; sólo así será posible que los ciudadanos reflexionen sobre la política, tomen decisiones, participen y vigilen las prácticas de los gobernantes y de los políticos para asegurar el desarrollo de la democracia.